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jueves, 11 de diciembre de 2014

VIRGEN

¡Qué hueva venir a este tipo de cosas! Mi mamá ahora sí se pasó de lanza. Despertarme a las cuatro y media de la madrugada para que media hora después esté todo sonso cantándole las mañanitas a la guadalupana.

Me sentía todo pendejo, más porque de todo lo que le he pedido a la virgen nada se me cumple. Bueno, en este momento puedo decir que se cumplió uno de mis deseos. Siempre le he pedido con todo mi fervor católico que me deje ver las chichis de Nandita pero nunca se ha presentado siquiera un acercamiento de ese deseo.

Es hasta ahorita, en estos rezos en honor a la virgen morena que parecen ser una posada, que Fernanda está ahí sentada justo frente a mi, donde está la gente que llega primero al rezo. Si dijeron que a las ocho de la noche ¡No sé por qué tuvieron que llegar antes!

Les estaba contando de Fernanda, Fer le dicen algunos pero a mi me gusta llamarla Nandita como si todavía tuviera tres años ¡Ay mi Nanda, mi Fernanda! Está tan chula y tan buena que nada más pienso en ella y me pongo como burro, me cae. Eso me pasa desde que la conocí hace un año en mi grupo de secundaria cuando apenas entramos. Quiero ir y declararle mi amor pero me da pena, más porque mi mamá está aquí junto a mi, también por miedo a la forma en la que la gente se me quedaría viendo.

Les digo que mi deseo se cumple en este momento no porque se le vean sus teclas, sino porque la muy condenada, con todo y que hace un frío bien calador, trae una falda cortita y desde mi lugar le puedo ver los calzones. Sus bragas traen un dibujo de la Virgen de Guadalupe en la parte delantera, hasta el angelito en sus pies se distingue. Así sí me despierto en la madrugada todos los días, cómo no va a tener uno fe en dios con semejantes prendas.

- ¿Qué haces Bruno? ¿Por qué tan embobado?- mi madrina acaba de llegar. Como siempre llega nomás a la hora que reparten de comer, sin saludar, directo a las preguntas, ni le ha de encantar el chisme.

- Pues aquí, es que siento que veo a la Virgen con todo y estrellitas.

- Qué bueno que vengas a los rezos. Ya andaba pensando que eras un completo hereje, un ateo- me dice después de reírse- y con que ya hasta a la virgen andas viendo. Muy bien, Bruno. Todo buen cristiano debe obedecer los mandamientos al pie de la letra. AMARÁS A DIOS POR SOBRE TODAS LAS COSAS…y eso incluye a su madre obviamente.

Pinche madrina, se hace la muy pura. Bien que la vi el otro día cuando fui por el pan a la vuelta de la esquina. Su boca más que pegada con Julián el panadero, sólo oyeron mis pasos y quisieron hacerme menso pero me cae que los vi. Don Julián parecía pulpo con sus tentáculos ahí abrazando a mi madrina. Nunca una palabra había quedado tan bien: TEN-TA-CULO. Mientras mi padrino en su casa, seguro viendo la tele, cómo le encantan las novelas que pasan.

- Pues ya ando retomando el camino- contesto.

Ni me peló. “¡COMADRE!” dijo, saludó a mi mamá y se pusieron a platicar.

Ahí sigue Fernanda con sus calzones percudiditos, quitada de la pena, como si estuviera en su casa, sola y frente a una pared. Y yo todo bembo viéndole a la virgen…

¡Chin!

Ya se dio cuenta que la ando mirando. Ya me quemé ¿Pero por qué trae una faldita con tanto pinche frío? Mejor veo para otro lado ¿Qué hago, qué hago? ¿Me integro a la plática que mi mamá y mi madrina están teniendo? ¿Por qué me sonríe Fernanda? Creí que me vendría a poner una cachetada, que se me hace que le gustó que la viera ¿Tenían razón esos letreros pintados con plumón en las puertas de los baños de la secundaria?

PUTA FERNANDA 2º “D”

FER (SEGUNDO D) ZORRA!!

Ya me dio pena, siento que todos me ven. Urge que me traigan mi atole de leche calientito ¡Ah, cómo me encanta! Casi tanto como las piernas de mi amada ¿Será virgen? Cómo sea…pero ¿y si no…quién habrá sido el cabrón que…?

¡Chin! Ya se paró, pero no mi pizarrín, sino Fernanda. Está caminando hacia mí…

¡Virgen de Guadalupe! Si me vas a conceder que me dé un beso juro que te rezaré cada noche de mi vida.

- Hola Bruno.

- Ho…hola, Nandi…Fernandita ¿cómo es…?

- Oye ¿me estabas viendo los calzones?

- Este…no….bueno…

- ¿Te gustaron?

- Pues..se me hicieron bonitos, sobre todo por el dibu…

Santo madrazo que me sonó, con el puño cerrado y en el ojo.

- ¡Señora, su hijo me andaba viendo los calzones, ni porque vino a rezar tiene un poco de respeto!- le gritó a mi madre frente a todos los que estaban ahí. Hasta mi madrina se me vio feo, descarada. Nunca en la vida me había sentido tan avergonzado, quería desaparecer.


Me quedé sin Fernanda y sin atole de leche. La Virgen de Guadalupe puede despedirse de mis ganas de volver a rezar o cantarle las mañanitas.



(Imagen tomada del sitio http://profeciasyrevelaciones.blogspot.mx/2013/12/dia-de-la-virgen-de-guadalupe.html)

jueves, 23 de octubre de 2014

LA MIERDA DE DIOS

(Texto traducido de forma ficticia)

La llamamos así porque eso parece, no porque seamos testigos oculares que ese material sale de sus anos. Todos los días podíamos ir a la cueva por un poco, botarla a la cara de quien estuviera jugando con nosotros. Es más insultante arrojarte en el rostro un poco de esta caca que una piedra que saque sangre en la cabeza. En cierta forma lo hacemos como una medida de juego pesado, generalmente entre los jóvenes.

Una vez me preguntaron, no recuerdo quién, que yo qué pensaba, cuál de todos los dioses cagaba más. Yo estaba seguro de que ése debía ser Quetzalcóatl. Quien ha ido al campo y ha visto de cerca a las serpientes sabe que sus heces son abundantes, aunque difíciles de encontrar, muy similar a esto que nos aventamos entre nosotros.

Los que habitamos aquí sabemos dónde encontrarla, si alguien viniera de otra ciudad le resultaría difícil conseguirla. La verdad es que ni siquiera haría el intento porque sabemos que no sirve para nada, su valor no representa algo que queramos conservar.

Todos los de acá teníamos esa idea. Pero resultó que llegaron hombres con pieles blancas como rocas calizas, con atuendos gloriosos y únicos. Hombres de rostro divino que miraban mal nuestra ropa, nuestra comida, nuestro modo de vida. Ni qué decir de los sacrificios, apenas vieron el primero sus ojos se llenaron de temor. Vimos la forma en la que miraban el cacao, nuestra moneda; despreciaban casi cualquier cosa que viniera de nosotros, pero en cuanto encontraron las primeras mierdas divinas sus ojos brillaron de encanto.

Ellos eran amables al principio, después las cosas cambiaron, poco a poco fueron sometiéndonos. Golpeaban a los niños, metían sus penes en nuestras mujeres, las preñaban sin importarles en lo más mínimo. Despertaron nuestra rabia pero nunca podríamos ganarles con esas máquinas de fuego que cargaban entre las manos. Ellos nos obligaban a decirles dónde había más caca de dioses.

Si me preguntan ahora, diría que la causa que hizo que nos sometieran, que nos asesinaran y nos saquearan no fue otra que eso que solíamos lanzarnos a la cara. Creo que el dios que más caga es Mictlantecuhtli y, en su afán por no quedarse con las vísceras vacías, demanda la muerte de este pueblo para tener algo con qu alimentarseoses.ecirles dto la  pero en cuanto la vieron sus ojos brillaron de encanto.ra que eso que solrta forma lo hacemos cé alimentarse en el inframundo. Comer y cagar, cagar lo que los blancos han llamado Oro.




(Imagen tomada del sitio http://www.eluniversal.com.mx/cultura/2014/aztecas-nueva-zelanda-978167.html)

jueves, 18 de septiembre de 2014

PAYASO

Todos reían a carcajadas en el salón. Hasta el prefecto que estaba cagando en el baño de alumnos podía escuchar las risas. La ocurrencia de Rodolfo había provocado tal reacción.

- ¿Y qué es el ácido sulfúrico?- había preguntado Eduardo, el segundo alumno de la tercera fila de pupitres.

- Es lo que hizo que Elba Esther pasara de ser una Miss Universo al monstruo que conocemos- interrumpió Rodolfo de modo sarcástico.

Incluso el profesor de química, Archivaldo, que tenía fama de ser un huraño, soltó una carcajada que cayó inmediatamente, al tiempo que se tocaba nerviosamente la nariz sorprendido por su momentánea falta de control. Era muy tarde, todos los alumnos lo notaron. No podían creer que su compañero hiciera reír a este ser humano de rostro inexpresivo.

Cuando se organizaban concursos de teatro en los festivales escolares, siempre era elegido para interpretar el papel más gracioso del reparto. Su talento para hacer reír a los demás era tan natural como respirar. Su talento a veces despertaba envidia en algunos de sus compañeros que perdían en este tipo de certámenes, nunca fue bueno para los golpes así que Rodolfo trataba de correr cada vez que lo retaban.

Rodo creció, vio por primera vez una película de Chaplin y quedó maravillado. El trabajo del artista inglés se convertiría en su inspiración máxima. Admiraba el talento de Charlot para la comedia sin necesidad de diálogos. Lo admiraba más que Tin Tan, Cantinflas o la India María.

Nunca quiso estudiar una carrera. Desde que estaba en la preparatoria supo que deseaba ser un payaso, pero no de circo, sino uno que creara su propia agencia de entretenimiento para fiestas particulares y programas de televisión. Así que estudiando aún el último año del nivel medio superior comenzó a hacerse publicidad en la ciudad para ir a fiestas infantiles.

Sin embargo, Rodolfo tenía una debilidad. Algo de su entorno le encantaba de sobremanera. No se podía resistir cuando veía a los ojos de una dama que le gustara. Rodolfo era un Don Juan único en esa ciudad. Si bien él era una persona que provocaba alegría, nada era más alegre que su ojo.

Así que ahí estaba sentado esta tarde. Esperando y viendo a su novia en turno, una muchachita dos años más joven que él con un rostro pálido y unos ojos cafés como los granos que dan origen a la bebida de un oficinista en la mañana, una mujer guapa e introvertida. Ella estaba preparando las pistas musicales en una lista de reproducción de la laptop que llevaban así como los instrumentos que necesitarían para el desarrollo de su show. Aros y pelotas de esponja destinados a los malabares; pulseras de neón, trompos con luz y algunos otros juguetes que serían regalos a los niños participantes en sus pequeños concursos reposaban junto a una maleta. Las bocinas habían sido montadas por Rodolfo, el cableado y su pequeño telón también.

Cuando lo contrataron le dijeron que se trataba de una fiesta para un niñito de apenas un año de nacido. Hasta ese momento no había visto a ningún padre del pequeño. Cuando tocó la puerta del domicilio a bordo de la camioneta de su padre, lo recibió amablemente una anciana que lo hizo pasar con todo y vehículo hasta el jardín de la casa. Fuera de eso, nadie que no conociera se le había acercado.

Pasó una hora y Rodolfo pensaba en acercarse a cualquier persona para preguntar por los anfitriones; los invitados comenzaban a llegar, las sillas ya estaban dispuestas, pero salvo aquella vieja, nadie más salía a recibir a los asistentes. Estaba a punto de levantarse de su asiento a una orilla del gran jardín cuando, de la casa, salió un apuesto joven de unos veinte años quizá, con un pequeño en brazos que lloraba lanzando gritos agudos. Detrás de ellos vino a la vista una joven con un pañal en mano. Ella era sumamente atractiva. Su piel morena como canela gozaba de un encanto singular, estaba discretamente maquillada haciendo lucir unos ojos espectaculares. Ni qué decir de su cuerpo; sus curvas podían encandilar a cualquier hombre. Rodolfo notó inmediatamente que un señor, al que la pareja se refería como “Tío”, miraba a la madre con algo más que lujuria cuando ésta se volteaba.

El papá del festejado parecía estar de mal humor. Atendía a sus invitados con una sonrisa, pero en cuanto era abordado discretamente por su mujer, el rostro le cambiaba haciendo notar un enfado exagerado con la madre del pequeño.

Cuando suficientes invitados se hallaban sentados, Rodolfo recibió la indicación para comenzar el show de “Rudy” el Payaso.

Tras presentar a su asistente y a él mismo, pidió a los jóvenes padres que hicieran lo mismo ante el público.

- ¿Y cómo se llama nuestro pequeño festejado el día de hoy?

- Se llama Yael- respondió el padre.

- ¡Uh! ¡Venga un aplauso para el pequeñín Yael!- Rodolfo instaba a los invitados a hacer bulla. Acto seguido, ellos comenzaron a aplaudir- Bien, ¿y cómo se llama la Mamá?

- Melissa- dijo tímidamente la muchacha.

- ¿Y el papá?

- Norberto- pronunció el joven.

- ¡Un aplauso para los papás también!- “Rudy” y su público aplaudían entusiasmados y alegres.

El número transcurrió de forma rutinaria, hubo algunos chistes y concursos de sillas, preguntas capciosas, etcétera. Las risas y carcajadas estruendosas emulaban a las que años antes producía en los salones de clase. Sin duda, muchos asistentes pedirían una tarjeta al finalizar el acto para contratarlo cuando se ofreciera la ocasión, era un payaso que se ganaba a pulso cada centavo.

Mientras tanto, Rodolfo ponía especial atención observando, muchas veces de reojo, la tensión que había entre los padres de Yael. A través del pequeño espacio que dejaba ver la sala detrás de la puerta entreabierta vio cómo Norberto jaloneaba a Melissa ordenándole que se apresurara a servir los refrigerios en los platos desechables.

Rodo sentía una furia que recorría su médula. Le era inaceptable tal maltrato a una mujer tan hermosa. Con impotencia siguió con su trabajo. Así pasó, viendo desplantes de desprecio hacia Melissa, hasta la hora de romper las 5 piñatas.

Los padres se tomaron la foto con su hijo posando junto a la olla forrada y adornada en forma de burrito. Rodolfo encargó a Norberto la organización de los niños invitados para romper los objetos llenos de dulces. Pidió ir al baño y el acceso al interior de la casa le fe otorgado.

Caminaba por el pasillo cuando volteó al interior de un espacio. Melissa estaba sin hacer nada más que estar de pie, con las manos apoyadas en la mesa donde estaban puestos los platos sobrantes tras el reparto de los refrigerios.

Ella estaba de espaldas. Rodolfo caminó lentamente hacia ella, la tomó de la cintura suavemente y pegó su pelvis a los glúteos femeninos. Cuando miró su rostro, ella tenía las mejillas empapadas en lágrimas. Rápidamente echó atrás su cuerpo. La giró con delicadeza y sin decirle palabra alguna le secó el líquido que escurría de esos ojos hermosos.

El payaso siempre había pensado que cualquier fiesta de cumpleaños debería ser un homenaje a la madre puesto que esa mujer era a quien tenía que dársele crédito por el sufrimiento para parir y por llevar a un ser dentro de sí durante nueve meses. En esta fiesta, el marido había sido un estúpido que no valoraba a la mujer con la que había engendrado al pequeño Yael.

Sin peticiones ni señas, volvió a tomar a Melissa de la cintura, esta vez de frente, acercó su cuerpo al de ella. Su mano derecha subió hasta la espalda mientras que la izquierda bajó hasta la nalga derecha de la chica. Ella, lejos de bofetearlo, no se quedó atrás y extendió sus largos brazos alrededor del cuello de Rodolfo. En un instante ambos se besaban, sí con cierta lujuria pero también con cierta tristeza; de ese tipo de melancolías que dan cuando se conoce a alguien que ya está comprometido dejando salir un pensamiento de “Cómo fue que no te conocí antes”.

Melissa era más baja de estatura que Rodolfo, así que puso las plantas de sus pies encima de los grandes zapatos del payaso para acercar todavía más sus bocas. Ella subió una de sus piernas en un costado de Rodolfo, él tomó su muslo, sus narices exhalaban un aliento cada vez más cálido. Como éstas se rozaban torpemente, la nariz roja de Rodolfo cayó al suelo dando pequeños saltos y giros, movimientos que llevaron al pequeño objeto a tocar la punta de un zapato de vestir color negro.

Una puerta había rechinado unos instantes antes. El zapato negro era el calzado de Norberto. El padre del pequeño Yael vio la escena aun cuando las dos personas frente a él trataron inútilmente de recomponer sus posturas para disimular.

Rodolfo siempre había pensado que no importaba quedar como un cobarde siempre y cuando se conservara la vida. Este día prefirió que Melissa y Norberto se quedaran discutiendo o golpeándose en la cocina. Salió corriendo hacia el jardín, metió rápidamente todo cuanto pudo en su maleta, la cerró apresuradamente al tiempo que pedía a su novia que desmontara el resto del equipo, lo subiera a la camioneta y se marchara, le dijo que no había problema con el pago, que él mismo lo arreglaría después.

Tras este hecho, la pareja del payaso fue notificada de lo sucedido. Eso se deduce ya que Rodolfo nunca volvió a verla, tampoco a la camioneta de su padre. No pudo contar lo ocurrido a su progenitor, sabía que de hacerlo inevitablemente su familia se enteraría de su pequeño “abuso de confianza” en aquel domicilio, lo cual traería consecuencias aún peores. Dijo que le habían robado todo a su novia, y que ella sentía una vergüenza inmensa, que por eso ya no la verían tan seguido.

Rodolfo sabía también que si Norberto tuviera intenciones de vengarse le sería fácil buscar a un payaso, así que abandonó su oficio. Se había adaptado varios pares de zapatos, así que trabajar con renovador de calzado sería una salida razonable.

En su nuevo trabajo solía imaginar las piernas que portaban los zapatos femeninos que le llevaban a reparar, Rodolfo las comparaba con las piernas de Melissa tratando de revivir aquel encuentro fortuito, lleno de lujuria y adrenalina.




(Imagen tomada del sitio http://www.balovega.com/2010/03/la-sombra-de-un-leon.html)

jueves, 24 de julio de 2014

ROSTRO FELIZ

El pequeño Enrique era un niño clasemediero, hijo único. Vivía en un poblado cercano a la capital de Oaxaca, estudiaba en una escuela pública, cursaba tercer grado de primaria. No era el más aplicado de su grupo pero tampoco era un holgazán o tonto. Siempre que sonaba el timbre que anunciaba la salida al recreo, salía disparado para ser partícipe de cualquier juego.

Ese domingo sus padres decidieron viajar a Oaxaca de Juárez para dar un paseo. Las manecillas marcaban poco más de mediodía; quien haya estado en esa ciudad en temporada en la que las lluvias no hacen acto de presencia sabe que el cielo es tan hermoso y claro que deja pasar unos rayos de sol impresionantes y, por lo mismo, suele sentirse un calor seco tal que deshidrata. Por esta razón el padre de Quique se ofreció a comprar aguas frescas para los 3.

- Espérenme aquí mientras voy por unas aguas ¿Sale?- comentó el papá mientras caminaban a la mitad de la Alameda de León, justo frente a la Catedral del centro de la ciudad.

- Sí, te esperamos sentados en la banca de allá- la madre de Quique tenía la suerte de encontrar siempre disponible un lugar para sentarse en cualquier parque.

- Bueno, díganme de qué sabor la quieren.

- ¡Yo una de naranja bien fría!- Quiquito estaba muy acalorado, sus cabellos más cortos comenzaban a brillar por el sudor que salía de su cuerpo.

- A mí tráeme una de limón, no seas malo.- dijo la mamá mientras tomaba suavemente el hombro de su hijo guiándolo a la banca libre.

El papá se marchó apresurado hacia un puesto que él conocía pero que no estaba a la vista. Compró sus aguas sin problema y regresó con cuidado, pues los vasos de plástico que le dieron no tenían tapa y el líquido corría riesgo de derramarse. Cuando miró a su familia notó que su hijo no estaba sentado. Su esposa veía al pequeño mientras éste jugaba con un enorme globo salchicha en la plancha que está junto a la Catedral.

El globo era enorme comparado con la estatura de Enrique, no era de esos que ocupan los payasos para hacer figuras de perro o espada, era un cilindro atado de cada extremo, uno de ellos tenía que ser golpeado contra el suelo para que el rebote hiciera que el cuerpo volara de forma vertical hacia arriba. Como Quique, había otros niños, quizá unos quince, que hacían lo mismo con su respectivo juguete pero ninguno tenía dibujado a Vegetta, sólo el de él.

Su papá gritó llamándolo para que el niño tomara su agua. Quiquito volteó de inmediato y acudió al llamado de prisa. Bebía su agua de naranja con alegría notable. Sus padres comenzaron a platicar sobre la posibilidad de entrar a misa, cosa que a Quique no le llamó la atención. La idea, de hecho, lo aburría. A él nunca habían podido meterlo a escuchar un sermón eclesiástico.

En cambio, lo que sí fue digno de la curiosidad de Enrique era la plática que se suscitaba en la banca más cercana. Un hombre adulto se disculpaba con su pequeño hijo.

- Perdón, hijo. Yo quisiera jugar contigo pero me duele la espalda y la rodilla.

- Pero yo quiero jugar. Ándale, nada más diez minutos.- Decía el pequeñín mientras sostenía una pelota roja de plástico con un rostro feliz dibujado en tinta negra.

- Mejor dile a ese niño si juega contigo.- el señor había notado que Quique los veía atento. –Ve, pregúntale.

El pequeño se acercó a la banca de la familia que bebía agua. Los padres de Enrique fueron tomados por sorpresa cuando aquel niño le habló a su hijo.

- ¿Quieres jugar fut conmigo? Un ratito nada más, acá enfrente de las bancas.

Quique volteó a ver a sus padres como pidiendo autorización.

- Ve si quieres. Acá te esperamos.- dijo su mamá muy tranquila, sabiendo que con esto la idea de entrar a la celebración litúrgica se esfumaba.

Quiquito se levantó de su lugar, dejó su vaso casi vacío junto a sus padres y corrió a jugar con la pelota.

Poco a poco los niños se iban alejando de sus padres sin que fueran perdidos de vista. Sus familias los observaban alegres desde sus bancas, como quien ve a su hijo jugando en un torneo de futbol infantil, con entusiasmo. Podía verse que los pequeños tenían talento, de vez en cuando ambos hacían una “rabona”, una “tijerita” o cualquier jugada vistosa.

El dueño de la pelota propuso a Quique una tanda de penales. Enrique sería el portero en el primer tiro, cada quien tendría 5 oportunidades intercaladas de anotar.

En el quinto tiro, después de que ambos estuvieran empatados con 3 anotaciones, Quiquito fue apoderado por una fuerte inspiración. Se imaginó en un enorme estadio lleno de gente que coreaba su nombre. Vio a su rival de forma desafiante, imaginó una portería inmensa. Recordó las palabras de su padre cuando éste veía los enfrentamientos en la televisión: “Lo deben de tirar fuerte y al ángulo, ahí es imposible para el portero”. Así que tomó carrera y chutó fuertemente la pelota.

La esfera de plástico voló sobre el cuerpo de su adversario, padres e hijos siguieron la bola con la vista. Ésta entró en la gran puerta de la Catedral a gran velocidad.

No pudo haber un mejor momento. El sacerdote decía: “Ésta es palabra de Dios, dichosos los invitados a la…”

- ¡Goooooooooool!- El pequeño Enrique no pudo evitar gritar con emoción mientras su rostro reflejaba una felicidad inmensa.

Sobra decir que este acto hizo que los padres suspendieran el juego, Quique fue regañado por su atrevimiento. Sin embargo, su padre no pudo evitar compartir una pregunta con su mujer una vez que su hijo dormía esa noche, una duda que le surgió a raíz de aquel suceso:

- ¿Qué religión tiene más fieles en México, el futbol o el catolicismo?



(Imagen tomada de la página http://www.freepik.es/foto-gratis/pelota-cara-feliz_534926.htm)