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viernes, 19 de diciembre de 2014

TORTUGA

El sol quema mi espalda, no recuerdo nada de lo que pasó anoche.

Siento la tierra y el polvo en el lado izquierdo de mi rostro, mi cuerpo contra el suelo boca abajo, mis manos están acalambradas, parecieran haber estado cerradas un largo tiempo. Aprietan con gran fuerza cada una un objeto distinto.

Con un enorme esfuerzo me incorporo, me encuentro en medio de un solar baldío entre de un barrio que no reconozco, su apariencia es igual a la de cualquier otro rumbo marginado, terreno conurbado de esta ciudad madre de millones de almas anónimas. Vienen a mí olores de mierda, perros muertos inflados y a punto de reventar, plástico quemado, ropa mugrosa. Los vecinos han destinado a este solar a ser un basurero cualquiera; nadie respeta, ni siquiera yo, me ha valido madres venir a meterme aquí y sangrarme el pecho y los brazos con los escasos alambres de púas que inútilmente tratan de proteger esta propiedad.

Reconozco en mi mano derecha un juguete viejo: una tortuga ninja de color verde totalmente sucio, cabeza maltratada, le hace falta su brazo izquierdo, en el derecho aún conserva un palo a modo de arma. Es Donatello, el único que hace de un pedazo de madera un arma letal. Este muñeco no es idéntico pero se parece mucho a aquel juguete que mis padres me obsequiaron en mi sexto cumpleaños: un Donatello vestido de bombero, el momento fue maravilloso.

Recuerdo bien la escena. Mi sueño fue interrumpido por mi madre, una mujer entusiasmada, mientras “Las Mañanitas” cantadas por Cepillín resonaban fuera de mi cuarto, seguramente en la grabadorita que mi padre compró con el dinero que ganó durante su estancia en Estados Unidos. Qué buena había salido esa grabadora, no se descomponía ni aunque le tocara la lluvia. Mi padre llegó a la cama con una bolsa de plástico de ésas que dan en los supermercados, la ligera transparencia dejaba ver algunas letras. NINJA TURTLES leí en el empaque, pude sentir cómo los músculos de mi rostro se estiraban por la alegría.

Donatello se convertiría en mi juguete favorito, junto al Batman que me regalaron el año siguiente. Me parecía magnífico cómo los muñecos de un niño podían hacer posibles combinaciones heroicas de personajes que de otro modo serían imposibles. Así que a diario ahí estaban, una tortuga y un hombre murciélago salvando el día. Algunos de mis amigos de la primaria, que de vez en cuando visitaban la casa, se sorprendían de mi recelo con la tortuga de cintas moradas; sólo yo podía jugarlo, hecho por el cual me apodaron así en mi grupo como “Tortuga”, sobrenombre que trascendió por los años.

Ahora me pregunto ¿Quién era el niño que lo había descuidado de tal forma? Descubrí que el brazo armado de esta figura podía girar gracias a un botón colocado en su espalda  ¿Por qué un juguete tan magnífico estaba botado y descuidado de tal forma, entre caca de perro y olores desagradables? ¿Cuánto tiempo hacía que no sujetaba un juguete por deseo propio? Desconocía la respuesta exacta pero al ver mi otra mano tuve que reconocer mi participación en la estúpida respuesta. Lo que sujetaba con la otra palma no era más que una mona, ese magnífico invento callejero que absurdamente nos hacía olvidar la cruda realidad por un momento. La estopa ya no estaba húmeda pero el olor persistía.

Al fin entendía el humor negro del que está plagada la vida. Un día puedes estar en una cálida cama, rodeado de amor, con un muñeco anhelado en una mano; años después puedes despertar entre la mierda, solitario y aferrado a un chemo.

Vas recordando también cuando tu padre llevaba a empeñar aquella grabadora, obteniendo una cantidad de dinero que lo hacía tener un rostro decepcionado; dinero que esperaba fuera útil para conseguir la medicina que pedían en el hospital después de la operación de su esposa, operación de la que no sobrevivió.

Vas recordando también cuando tu padre comenzó a llenar su cuerpo de alcohol todo el tiempo hasta quedar eternamente dormido en la silla vieja de madera picada después de quejarse de un dolor tremendo en el vientre.

Y recuerdo también cómo, para comer, tuve que ser adoptado por la rutina oculta entre la central de abastos, las monas, los ebrios, el resistol y la caca; cómo “Tortuga” comenzó a ser un apodo apropiado para un ser de caminar lento, oliendo a desperdicios, expulsado de la realidad y de una casa.

He decidido conservar el juguete a modo de recuerdo de la infancia mientras reconozco algo en lo que sí me parezco a Donatello: Él vivía en las cloacas y yo suelo refugiarme en los tubos del drenaje.




(Imagen tomada del sitio http://www.foros.canalizandoluz.com/2013/08/luna-cosmica-de-la-tortuga/)

jueves, 27 de noviembre de 2014

GATOS-PUNKS

Si hay algo que detesto con todo mi ser eso son los gatos.

Encuentro a esos animales como los más incómodos que puedan existir, me repugnan. Cualquier otro felino es no solamente tolerable, sino hasta atractivo. Un puma tiene una presencia imponente, un jaguar inspira respeto, un león es majestuoso, una pantera es mística, incluso un ocelote podría ser digno de mi admiración, pero los malditos gatos me fastidian ¡Me cagan! Podría decir que me molestan, pero ese verbo no es suficiente para describir mi actitud hacia ellos.

He conocido mucha gente que tiene una fascinación inexplicable por estos animales. Me dicen que son increíbles por aquello de sus múltiples vidas y porque siempre, pase lo que pase, caen de pie.

Yo insisto en que estas personas son estúpidas, de otra forma no me explico los motivos para mantener un felino de ésos en casa. No comprendo cómo alguien puede desear como mascota a un animal que defeca en todos lados, que traga porquerías de la basura, hurgándola y haciendo un tiradero enorme; me parece inexplicable una razón para mantener en un domicilio a una pequeña bestia que tira pelo todo el tiempo en cualquier lugar en el que está, un ser esquelético que a la menor intención de aplicarle una medida correctiva sobre su comportamiento sacará las garras como prostituta ebria y enfurecida.

Lo peor: no cabe en mi cabeza la idea de que los egipcios, una civilización milenaria y de grandes aportes al conocimiento mundial, adoraran a estos animalejos tan desagradables. Alguien debió haberse equivocado en sus interpretaciones antropológicas sobre las deidades de tal cultura.

Ahora mucha gente que conozco me aborrece por mi desagrado hacia estas criaturas. Me ven con desdén cuando lo expreso abiertamente y varios de ellos han discutido conmigo sobre el tema “argumentando” precisamente con el hecho de que los egipcios los veneraban, que el estúpido debo ser yo. Me salen con ridiculeces como que los gatos son seres misteriosos, que sus ojos transmiten esa atmósfera ¡Por favor! Hay más misticismo en la mirada de un maldito pollo visco con gripe aviar que en un maldito gato.

Sobra decir que manifestar abiertamente mi repulsión me ha traído enemistad de muchas personas. Otro absurdo: la gente defiende más a gatos, perros o conejos que a seres humanos tratados con vileza; prefieren ser activistas de PETA que indignarse por la guerra en medio oriente donde saben que hay niños mutilados a diario.
Pareciera que hay una extraña y castrante fuerza sobrenatural que se empeña en poner en mi vida las cosas que me desagradan. Tenía que ir a Xalapa a un taller de literatura por demás atractivo. No me gusta la idea de estereotipar profesiones pero de verdad que la mayoría de los escritores somos unos muertos de hambre. Por eso, necesitado de hospedaje durante una semana (y a falta de dinero para pagar mi estadía en, al menos, un hostal decente) preferí contactar a Rita, una de mis más grandes amigas en tiempos de la universidad, que llevaba poco más de un año viviendo en esa ciudad. Hacía tiempo que no le hablaba. Nada hasta ese momento, ni un mensaje por cobrar vía teléfono celular. Sentí algo de vergüenza al andar de méndigo, timidez que se disipó cuando con gran confianza y alegría me dijo “Claro, Gerardo, desde luego que te puedes quedar en el depa”.

Acordamos mi día y hora de llegada. Ella me explicó con todo detalle la ubicación de su pequeño departamento. Arribé la mañana del día anterior al comienzo del taller, mi inscripción fue realizada con éxito y pagada una semana atrás. Toqué la puerta de aquel inmueble del tercer piso de uno de los edificios, uno en medio de decenas iguales de esa zona del Infonavit.

Rita abrió la puerta. Casi no la reconocía, jamás la había visto con su cabello tan corto, rapado en un costado y algo más largo del otro; playera blanca notablemente desgastada, descuidado chaleco negro de vinil, botas de piel café, sus pantalones oscuros entubados con parches por doquier saturados de serigrafía, imágenes de los Sex Pistols y The Clash. Claramente había pasado de ser la chica ñoña del grupo a una punk de boutique, por lo menos ahora no parecía ser la misma mujer aburrida de antes. Tan pronto como me daba un beso en la mejilla, mi mirada se fue al piso chocando con un gato que se escabullía entre las piernas de Rita. El animal me miró fijamente y casi al instante me enseño sus pequeños colmillos, sentí hostilidad por parte de ese cuadrúpedo arisco.

Mi desagrado fue evidente, pude sentir mi ceño arrugarse debido a mi enfado pero en un instante me recompuse hipócritamente. No podía portarme como un mamón si tenía una necesidad enorme, había de soportar al gato ése.

“Ah sí, él es Sid. Si hay un macho en esta casa es él” señaló mi vieja amiga esbozando una sonrisa mientras miraba al pequeño animal. Evidentemente le tenía una estima enorme. No atiné a contestar algo.

Era domingo de descanso para ella que trabajaba como asistente en una galería de arte. Pasamos todo el día juntos, desayunamos y comimos juntos, me llevó a conocer algunos lugares que le parecían emblemáticos de la ciudad, todo esto al tiempo que nuestra plática se nutría en recordar anécdotas del pasado. No cabía duda, Rita era una mujer más interesante, con un cuerpo estético que las faldas largas de antes no dejaban notar (¿O había hecho mucho ejercicio en el gimnasio? ¿Quizá una discreta operación?) y lo mejor era que no tenía pareja, decisión deriva de su reciente emancipación femenina (como ella decía a cada rato en la conversación), con una libertad inusual de pensamiento en cuanto a ejercer su sexualidad se trataba (como también señalaba en sus comentarios).

Llegó la noche y regresamos al departamento. Ahí estaba el gato aguardando, atento como padre de familia celoso de su hija. Trepó la mesa y husmeó la bolsa de nylon que pusimos encima, con dos six de cervezas frías dentro compradas en el camino. Me vio nuevamente con hostilidad, volvió a mostrarme sus colmillos. Notaba cierta furia en su mirada. Rita había ido a su recámara, yo no sabía qué hacer con el gato así que comencé a hablarle como bobo: “Sid ¿Quieres cerveza?”. El felino contestaba con gruñidos, manifestaba su desagrado hacia mi.

Rita salió de su cuarto, se había puesto sandalias y cargaba una laptop. El gato cambió de actitud en cuanto la vio. Parecía ser una criatura inofensiva y dócil, rozaba mis pantalones de mezclilla con su piel. “Le caes bien” dijo ella al tiempo que encendía su computadora. Puso un playlist de punk rock. Destapé dos chelas y nos pusimos a tomar, eran las 11:43. No parecía importarnos ni su entrada al trabajo a las 8 am, ni el inicio de mi taller a la misma hora.

Botella tras botella fue abierta. La música sonaba bien y el gato parecía no tener problemas con nadie. Rita lo acariciaba de vez en cuando. El hecho de observar aquellas caricias al animal sumando el efecto del alcohol me hacía percibir la realidad de un modo cada vez más sensual. Creo que a Rita también. Cuando se levantaba para ir al baño movía la cadera de forma un tanto exagerada a sabiendas de que yo la observaba.

El maldito gato, sin embargo, mataba toda inspiración. Cuando la puerta del baño sonaba anunciando que estaba cerrada, él corría a morder mi pantalón, en una ocasión incluso tiró un botella con cerveza sobre mis pantalones. A estas alturas reconocía una guerra declarada con aquel repugnante ser. Así que mis suelas se plantaban en su cara con fuerza tratando de que me dejara en paz, tranquilidad alcanzada sólo cuando mi atractiva amiga regresaba a la sala de amplios sillones.

“Oye, no te había dicho pero…¿No hay problema si te quedas en un sillón? Es que una recámara es mía y la otra de Sid. Ahí tiene sus cosas y sacarlas y meterlas va a ser una chambota” sentenció Rita matando todas mis intenciones de intimar con ella. Así que sólo solté un “Sí, no te apures, no hay pedo”.

Ella estiró sus brazos al cielo, señal de sus inmensas (o falsas) ganas de dormir: “Ya me voy a descansar, ahí te dejo la compu. De Sid no te preocupes, él se mete solo a su cuarto ¿Sale?”. Asenté con la cabeza, se fue. Ahora mi combate con el gato no tendría fin, yo lo sabía. Pero el maldito bigotón se fue a su recámara ¿Estaba jugando conmigo?

La cebada comenzó a relajar mi cuerpo, los párpados se cerraban solos. Me levanté para apagar la luz, cerré la laptop y me recosté en automático sobre el sillón más grande, uno de sus cojines servía de almohada bajo mi nuca, no hubo necesidad de cobija o sábana en la templada noche. Todo se volvió negro ante la oscuridad del departamento.

Mordidas en mi meñique izquierdo, dolor agudo, sensación caliente. Con la otra mano tomé mi teléfono y alumbré mi cuerpo. El maldito Sid seguía clavando mis colmillos en mi sangrante dedo, entre la penumbra y el silencio. Solté un golpe fuerte en sus costillas. Maulló con dolor y en cuanto cayó al piso volvió a guardar silencio. Salió corriendo hacia su recámara. El sueño regresó lentamente conmigo. Solo grillos se oían afuera, quizá uno dentro del departamento. Negro todo otra vez.

Un dolor insoportable ahora en mi nariz, desperté de inmediato y con rapidez tomé un pequeño cuerpo que estaba sobre mi pecho. Era sin duda Sid, ese maldito mamífero no estaba dispuesto a dejar de morderme, sus mandíbulas permanecían cerradas como las de un bull terrier enfadado. Una luz estaba encendida en el pasillo adyacente, seguro Rita estaba en el baño, el espacio entre el piso y la puerta dejaban escapar algo del amarillo brillo del foco. Podía ver el rostro del detestable gato, aseguré su cuello entre mis manos. Mis dedos cada vez lo apretaban con más fuerza. Su mirada parecía suplicar por su vida, por momentos vi cierto misticismo del que antes me habían hablado. No me importó, el estúpido gato había frustrado mi calentura y mi oportunidad de revolcarme en la cama con Rita.

¡Rita! ¿Qué pretexto le voy a dar cuando vea a su gato muerto? ¡Rápido pinche gato, muérete ya! Así te dejo en el suelo y finjo no saber absolutamente nada ¡Pinche gato, muere!

¿A qué hora salió Rita del baño? ¿A qué hora caminó hasta la sala? Pero si todo estaba en silencio ¿O no? ¿Por qué dejó la luz encendida?

“¡Chinga tu madre pinche Gerardo hijo de puta!” Corrió hacia mí, me acomodó un puñetazo en la boca haciéndome sangrar de inmediato. Era imposible reanimarlo. Sid ya estaba muerto. “¡Vete a la mierda! ¡Agarra tus cosas y vete a la mierda!”

No dije nada, su rabia era evidente y comprensible. “Creí que ya habías cambiado. Eres el mismo pendejo odioso de la universidad”.


Fui corrido del departamento la madrugada del lunes en que iniciaba el taller, no tenía dinero ni otros conocidos en Xalapa. Nunca tomé el curso que pagué. De regreso en el autobús tuve que pasar papel higiénico húmedo sobre mi ropa para quitar un poco del pelo de ese gato: los únicos vestigios de Sid ¿Y si se los mando a Rita de recuerdo? No, me mataría. Ahora los odio más, a los gatos y a los apestosos punks.




(Imagen tomada del sitio http://www.identi.li/index.php?topic=331100)

jueves, 6 de noviembre de 2014

TIEMPOS DE HOY

Chucho era un activista acérrimo. No había marcha a la que faltara, siempre y cuando la causa que se abanderara fuese justa a sus ojos. Su imagen cumplía perfectamente con el estereotipo de hippie: cabello largo hasta sus hombros, bigote y barba abundante, le encantaba usar pañuelos en la cabeza; era delgado y de piel clara, estatura promedio, tenía pegue entre las chavas.

Estaba estudiando el segundo semestre de la licenciatura en Ciencias de la Educación cuando decidió, después de mucho repensar, que la universidad era una mamada. El hecho de terminar una carrera, cualquiera que ésta fuera, no garantizaba la obtención de un buen empleo, tampoco daba seguridad sobre el conocimiento. Conocía a varias personas que a pesar de su título, según él, eran demasiado estúpidas.

Desertó y comenzó a interesarse en ayudar a su padre en el taller de carpintería. En su tiempo libre tomaba cuadernos viejos que conservaran todavía algunas hojas sin escribir ni rayar, se ponía a dibujar diseños de muebles muy ocurrentes; dejaba salir su imaginación, luego se preguntaba si serían funcionales. En fin, trabajaba duro aprendiendo siempre de su padre algunos detalles y pasos para conseguir el mejor de los acabados.

Sin embargo, a pesar de vivir una cotidianidad alegre y medianamente satisfactoria, apreciaba que los problemas en su país eran cada vez mayores y más frecuentes. Al menos eso parecía. Como él vivía en la capital, notaba una efervescencia social cada vez más intensa. Observaba aglomeraciones por lo menos una vez a la semana. Se acercaba, oía algunos discursos en los mítines, y si le parecía justo quedarse y apoyar, lo hacía.

Una tarde vio cómo una movilización inundaba las calles, la arteria principal de la ciudad era un río de gente, uno de bravo caudal. Al frente de todos, señoras y señores con ojos vidriosos, cargando entre las manos pliegos de cartulinas en colores varios con papeles pegados, pliegos que tenían impresas fotografías del rostro de varios niños. Se leía en mantas “Justicia para los padres. No queremos más guarderías de la corrupción”, “Guardería Alegría: Crimen de Estado”; los altavoces que acompañaban a estos seres humanos gritaban “¡Ya basta de tanto abuso! ¡Basta de tanta negligencia y crimen por parte del Estado” y el típico “¡El pueblo-unido-jamás-será vencido!”

La noticia era un escándalo a nivel nacional, la nota más grande del mes en la agenda informativa del país: 28 niños muertos por un incendio en una guardería en cierto estado del norte, suceso provocado, al parecer, por el gobernador de la entidad que temía encontraran archivos comprometedores en la oficina contigua.

Chucho se integró a la multitud. Los niños le parecían siempre lo más honesto y divertido de la humanidad ¡Cómo era posible que existiera gente con tan poca madre como para arriesgar conscientemente la vida de un infante! Cuando vio en la televisión la noticia se indignó tan fuerte que en ese mismo instante se puso a escribir una especie de discurso-ensayo en aquella libreta de sus diseños, ésa misma que estaba en el interior de la mochila que cubría su espalda cuando la marcha lo tomó por sorpresa, mientras regresaba de mostrar sus propuestas a un cliente interesado en los objetos de madera que Jesús vendía.

La protesta estaba ya en las últimas y Chucho, impulsado por la enorme rabia que se alimentaba colectivamente, entró en desesperación por leer lo que antes había asentado en las hojas de su libreta vieja.

Tres padres afectados por la tragedia hablaron, soltaron a sus interlocutores palabras sumamente emotivas, con sus gargantas y voces entrecortadas. Algunos lloraron, tanto quienes tenían la palabra frente al micrófono como los que estaban a nivel del suelo de la gran plancha de asfalto en esa plaza. Ofrecieron el micro por si alguien quería mostrar solidaridad con los aquejados.

Jesús subió casi de forma automática con su libreta en manos y su discurso listo para ser leído. Hubo miradas que lo veían con extrañeza por su atuendo, ojos que acallaban y reprimían sus prejuicios ante la oportunidad de ver y escuchar a un joven que parecía salido de la nada.

El muchacho comenzó a hablar. Su prosa era notable, no sólo emotiva sino que además estaba cargada de invitaciones a la acción colectiva, a la desobediencia civil, proponía una estrategia inteligente y pacífica. Las palabras invitaban a más causas a sumarse para detener los múltiples abusos de poder, las omisiones del Estado.

La televisora más grande del país, canales de otras naciones transmitían en vivo y en directo la acción. Chucho fue conocido internacionalmente por ese discurso, letras que trascendieron por su honestidad y valentía.

Tras el paso de unos días, mediante comunicados y acciones de diversa naturaleza, numerosas organizaciones manifestaron su solidaridad y adherencia a este movimiento nacional.

Gracias a esa transmisión televisiva el mundo pudo conocer lo mal que estaba el país. Al presidente en turno le llegaban comunicados de todas partes del globo, recomendaciones, noticias de desplome económico y político por la nueva fama de la nación. En la oficina presidencial estaban locos tratando de idear estrategias que ayudaran a levantar la imagen de todo un país. El mandatario estaba envuelto en rabia.

- ¡No sé lo que vamos a hacer pero mientras…maten a ese cabrón melenudo del discurso! Que parezca cosa fortuita. Para que la gente deje de andar con sus mamadas de sentirse héroe o mesías- ordenó.

- Pero Señor, eso calentará más los ánimos, todo mundo va a sospechar- contestó uno de sus asesores.

- ¡Chingada madre! Lo ordena el presidente ¿Alguien se va a oponer?

- No señor.

- Ustedes arréglenselas para la forma. De una vez escriben las declaraciones que daremos como gobierno federal, seguro todos los reporteros de caca vendrán acusando o preguntando.

Paramilitares fueron desplegados en la colonia de Chucho. Asesinaron a José a una calle de su domicilio, dejaron una nota: “Vamos por toda la familia”.

Intentaron huir rápido pero al día siguiente Jesús no encontró a María, su madre. Una llamada le fue hecha a su celular, le pidieron dinero por el rescate, una cantidad que Chucho podía entregar. A cambio le fue entregado un disco, contenía imágenes en video. María había sido torturada, le cortaron dedo por dedo de las manos y de los pies; luego la lengua con unas tijeras grandes de metal; finalmente la ahorcaron, murió mientras una lágrima, no se sabe si de tristeza o de rabia, deslizaba por su mejilla atraída por la gravedad. “Sigues tú” decían las letras que daban por terminado aquel video.

¡Cómo fue capaz Chucho de ver todo! Después de mirar el primer dedo cortado, su cuerpo entró en una especie de maligno encanto. Mantuvo abiertos los ojos frente a la pantalla más por una especie de inercia y trauma que por convicción.

Jesús despertó, la banqueta estaba caliente, asaba su piel. No sabía si lo que acababa de recordar era un sueño o una lejana realidad, sucesos que se desdibujaron gracias al cruce de cocaína y alcohol que consumía a diario para tratar de olvidar la decadente situación de su patria, para ya no hacer caso de los miles de pares de piernas que orquestadas recorrían avenidas, arterias urbanas con cotidianas marchas y rabias.



(Imagen tomada del sitio http://lolgod.blogspot.mx/2010/09/hippie-jesus.html)

jueves, 23 de octubre de 2014

LA MIERDA DE DIOS

(Texto traducido de forma ficticia)

La llamamos así porque eso parece, no porque seamos testigos oculares que ese material sale de sus anos. Todos los días podíamos ir a la cueva por un poco, botarla a la cara de quien estuviera jugando con nosotros. Es más insultante arrojarte en el rostro un poco de esta caca que una piedra que saque sangre en la cabeza. En cierta forma lo hacemos como una medida de juego pesado, generalmente entre los jóvenes.

Una vez me preguntaron, no recuerdo quién, que yo qué pensaba, cuál de todos los dioses cagaba más. Yo estaba seguro de que ése debía ser Quetzalcóatl. Quien ha ido al campo y ha visto de cerca a las serpientes sabe que sus heces son abundantes, aunque difíciles de encontrar, muy similar a esto que nos aventamos entre nosotros.

Los que habitamos aquí sabemos dónde encontrarla, si alguien viniera de otra ciudad le resultaría difícil conseguirla. La verdad es que ni siquiera haría el intento porque sabemos que no sirve para nada, su valor no representa algo que queramos conservar.

Todos los de acá teníamos esa idea. Pero resultó que llegaron hombres con pieles blancas como rocas calizas, con atuendos gloriosos y únicos. Hombres de rostro divino que miraban mal nuestra ropa, nuestra comida, nuestro modo de vida. Ni qué decir de los sacrificios, apenas vieron el primero sus ojos se llenaron de temor. Vimos la forma en la que miraban el cacao, nuestra moneda; despreciaban casi cualquier cosa que viniera de nosotros, pero en cuanto encontraron las primeras mierdas divinas sus ojos brillaron de encanto.

Ellos eran amables al principio, después las cosas cambiaron, poco a poco fueron sometiéndonos. Golpeaban a los niños, metían sus penes en nuestras mujeres, las preñaban sin importarles en lo más mínimo. Despertaron nuestra rabia pero nunca podríamos ganarles con esas máquinas de fuego que cargaban entre las manos. Ellos nos obligaban a decirles dónde había más caca de dioses.

Si me preguntan ahora, diría que la causa que hizo que nos sometieran, que nos asesinaran y nos saquearan no fue otra que eso que solíamos lanzarnos a la cara. Creo que el dios que más caga es Mictlantecuhtli y, en su afán por no quedarse con las vísceras vacías, demanda la muerte de este pueblo para tener algo con qu alimentarseoses.ecirles dto la  pero en cuanto la vieron sus ojos brillaron de encanto.ra que eso que solrta forma lo hacemos cé alimentarse en el inframundo. Comer y cagar, cagar lo que los blancos han llamado Oro.




(Imagen tomada del sitio http://www.eluniversal.com.mx/cultura/2014/aztecas-nueva-zelanda-978167.html)