Mostrando las entradas con la etiqueta padres. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta padres. Mostrar todas las entradas

jueves, 30 de octubre de 2014

AMA DE CASA

Cuando parió a su hijo sintió un dolor desgarrador, sentía que las venas de su frente se salían de la piel, explotaban; sus entrañas se apretaban y anudaban su cintura desde el interior y sus órganos genitales sentían estirarse al máximo como si a un pollo muerto a la venta en el mercado le abrieran las piernas sin importar que sus huesos crujieran al romperse, sentía que sus labios mayores y menores quedarían deshechos.

Siempre había oído frases repetidas en otras mujeres que ya eran madres: “Se sufre mucho en el parto pero cuando una ve a su hijo se llena de inmensa alegría”, “Duele mucho pero un hijo lo vale, verlo crecer y reírse es maravilloso”, “No existe dolor más grande que el de parto, pero un hijo es una bendición de Dios”. Sofía estaba en la camilla con un pequeño niño color rosa entre sus brazos, estaba en completo desacuerdo con esas oraciones que recordaba.

Su hijo era hermoso, sus ojos que trataban de abrirse torpemente eran preciosos, de un color café intenso. El rostro del pequeño recordaba al abuelo materno, una nariz redonda y labios finos. Las enfermeras que lo bañaron estaban encantadas con el pequeño, la sonrisa de aquélla que lo cargó para llevarlo con Sofía era inigualable; pero la nueva madre no podía ver el encanto. Estaba enfadada, contuvo su hastío por pura consideración con el personal médico, con otras pacientes que estaban en la misma habitación y con su mismo hijo quien, sabía, no tenía culpa alguna.

Ella misma se preguntaba por qué tenía tanto enfado. No hallaba respuesta, sabía que el pequeño era producto de una relación amorosa, que su concepción fue un acto planeado a conciencia. Pero ¿Por qué no se sentía alegre?

Sofía no había estudiado más allá de la primaria, en una escuela que ahora impartía el cuarto grado escolar al pequeño Agustín, su hijo. Adolfo, padre el niño y marido de Sofía también estudió en ese edificio, la escuela “Niños Héroes” era la más céntrica de la ciudad y también la de mejor prestigio. Él insistió en inscribir a su único hijo en ese centro escolar sobretodo por la fama que éste poseía, pero el edificio estaba algo retirado de la casa de esta familia.

El reto sería para la joven madre: llevar a tiempo a su pequeño, regresar a su casa a realizar todas las tareas hogareñas que fueran permitidas antes de tener que preparar el almuerzo de Agustín, correr para llegar al receso, cuando éste terminara ir de nueva cuenta a la casa a seguir con sus labores pendientes y regresar nuevamente a la escuela a la hora de la salida.

Adolfo no tenía idea del desgaste de su esposa. Él entraba a trabajar a las 7 de la mañana y salía a las 3 de la tarde, gozaba de una hora entera para disfrutar sus alimentos, el almuerzo que Sofía le preparaba cada mañana desde las 5 am era guardado en un recipiente plástico que guardaba en su maletín.

Cuando Adolfo llegaba de trabajar, generalmente la comida ya estaba lista. Se sentaban a la mesa los 3 a intercambiar los pormenores y anécdotas de su rutina. Terminando esto Agustín se dedicaba a su tarea mientras que la joven pareja miraba televisión. En la noche el pequeño veía algunas caricaturas, Adolfo revisaba papeles para el día siguiente y Sofía lavaba trastes, preparaba algo de cenar, planchaba la ropa de su marido y hacía algunas otras tareas. Llegando la hora de dormir, ella terminaba rendida.

Una tarde que su esposo fue a la oficina a terminar una documentación pendiente mientras que el niño no tuvo clases por ser día feriado, Sofía lavaba a mano algo de ropa. En ese momento comenzó a recordar lo feliz que era cuando tenía 9 años. Recordó que cada tarde gozaba de media hora para ver a su vecina y mejor amiga, más o menos de la misma edad. Ese tiempo le bastaba para pasar un momento lleno de risas y ocurrencias. Después de ese lapso su madre siempre salía a llamarla.

Ese llamado es el que indicaba una cosa sobre la que ahora ella reflexionaba: sus padres fueron completamente cuidadosos y responsables con ella, pero la formación que le dieron en casa consistía en aprender su “rol como mujer”. Ser una aprendiz de innumerables tareas: lavar la ropa, lavar los trastes, planchar, barrer y/o lavar el piso, hacer la comida… Su padre solía manifestar que su deseo era que Sofía hubiese sido hombre, lo decía con cierta simpatía. La quería mucho pero se sentía solo entre su hija y su esposa. De pronto llegaba a llamarla “Sofío”, algo en broma pero dejando notar su anhelo de fondo. Calló en cuenta que sus padres dieron mucha más importancia a la enseñanza de las tareas de ama de casa que a la labor académica.

Esta tarde, mientras lavaba su ropa recordó también que cuando charlaba con su amiga de la infancia ambas manifestaban su fuerte deseo de ser cantantes, la música les resultaba algo fabuloso.

Sofía hoy se preguntaba qué había pasado con esa ilusión, en qué momento esos deseos se habían desdibujado para desaparecer por largo tiempo de su memoria. Notó que su vida no era parecida en nada con lo que alguna vez proyectó, que quizá el desagrado que sintió al momento de dar a luz a su pequeño tenía todo que ver con esto. Que la formación que sus padres le dieron pensando que sería lo mejor para que ella pudiera sobrevivir la había condenado a aceptar un comportamiento y una posición que ahora reconocía desagradable.

Así que con esta memoria y su consecuente pensamiento vino también una idea. El pequeño Agustín tenía ya 10 años, Adolfo era un hombre inteligente aunque enajenado por su trabajo y la rutina. Sabía que ambos encontrarían la manera de lidiar con sus necesidades.

Más tarde Adolfo llegó a casa, encontró a su hijo jugando con un par de juguetes sobre la cama de su pequeña recámara, lo abrazó y lo besó. Se dirigió a la cocina, estaba limpia, intacta. Fue a su habitación donde la cama estaba perfectamente arreglada y el piso limpio. La sala era igualmente impecable, ni qué decir del baño. Sin embargo, nunca volvió a ver a su esposa.

(Imagen tomada del sitio http://www.blogodisea.com/mujer-perfecta-ideal-entregada-esposa-perfecta-ama-casa.html)

jueves, 18 de septiembre de 2014

PAYASO

Todos reían a carcajadas en el salón. Hasta el prefecto que estaba cagando en el baño de alumnos podía escuchar las risas. La ocurrencia de Rodolfo había provocado tal reacción.

- ¿Y qué es el ácido sulfúrico?- había preguntado Eduardo, el segundo alumno de la tercera fila de pupitres.

- Es lo que hizo que Elba Esther pasara de ser una Miss Universo al monstruo que conocemos- interrumpió Rodolfo de modo sarcástico.

Incluso el profesor de química, Archivaldo, que tenía fama de ser un huraño, soltó una carcajada que cayó inmediatamente, al tiempo que se tocaba nerviosamente la nariz sorprendido por su momentánea falta de control. Era muy tarde, todos los alumnos lo notaron. No podían creer que su compañero hiciera reír a este ser humano de rostro inexpresivo.

Cuando se organizaban concursos de teatro en los festivales escolares, siempre era elegido para interpretar el papel más gracioso del reparto. Su talento para hacer reír a los demás era tan natural como respirar. Su talento a veces despertaba envidia en algunos de sus compañeros que perdían en este tipo de certámenes, nunca fue bueno para los golpes así que Rodolfo trataba de correr cada vez que lo retaban.

Rodo creció, vio por primera vez una película de Chaplin y quedó maravillado. El trabajo del artista inglés se convertiría en su inspiración máxima. Admiraba el talento de Charlot para la comedia sin necesidad de diálogos. Lo admiraba más que Tin Tan, Cantinflas o la India María.

Nunca quiso estudiar una carrera. Desde que estaba en la preparatoria supo que deseaba ser un payaso, pero no de circo, sino uno que creara su propia agencia de entretenimiento para fiestas particulares y programas de televisión. Así que estudiando aún el último año del nivel medio superior comenzó a hacerse publicidad en la ciudad para ir a fiestas infantiles.

Sin embargo, Rodolfo tenía una debilidad. Algo de su entorno le encantaba de sobremanera. No se podía resistir cuando veía a los ojos de una dama que le gustara. Rodolfo era un Don Juan único en esa ciudad. Si bien él era una persona que provocaba alegría, nada era más alegre que su ojo.

Así que ahí estaba sentado esta tarde. Esperando y viendo a su novia en turno, una muchachita dos años más joven que él con un rostro pálido y unos ojos cafés como los granos que dan origen a la bebida de un oficinista en la mañana, una mujer guapa e introvertida. Ella estaba preparando las pistas musicales en una lista de reproducción de la laptop que llevaban así como los instrumentos que necesitarían para el desarrollo de su show. Aros y pelotas de esponja destinados a los malabares; pulseras de neón, trompos con luz y algunos otros juguetes que serían regalos a los niños participantes en sus pequeños concursos reposaban junto a una maleta. Las bocinas habían sido montadas por Rodolfo, el cableado y su pequeño telón también.

Cuando lo contrataron le dijeron que se trataba de una fiesta para un niñito de apenas un año de nacido. Hasta ese momento no había visto a ningún padre del pequeño. Cuando tocó la puerta del domicilio a bordo de la camioneta de su padre, lo recibió amablemente una anciana que lo hizo pasar con todo y vehículo hasta el jardín de la casa. Fuera de eso, nadie que no conociera se le había acercado.

Pasó una hora y Rodolfo pensaba en acercarse a cualquier persona para preguntar por los anfitriones; los invitados comenzaban a llegar, las sillas ya estaban dispuestas, pero salvo aquella vieja, nadie más salía a recibir a los asistentes. Estaba a punto de levantarse de su asiento a una orilla del gran jardín cuando, de la casa, salió un apuesto joven de unos veinte años quizá, con un pequeño en brazos que lloraba lanzando gritos agudos. Detrás de ellos vino a la vista una joven con un pañal en mano. Ella era sumamente atractiva. Su piel morena como canela gozaba de un encanto singular, estaba discretamente maquillada haciendo lucir unos ojos espectaculares. Ni qué decir de su cuerpo; sus curvas podían encandilar a cualquier hombre. Rodolfo notó inmediatamente que un señor, al que la pareja se refería como “Tío”, miraba a la madre con algo más que lujuria cuando ésta se volteaba.

El papá del festejado parecía estar de mal humor. Atendía a sus invitados con una sonrisa, pero en cuanto era abordado discretamente por su mujer, el rostro le cambiaba haciendo notar un enfado exagerado con la madre del pequeño.

Cuando suficientes invitados se hallaban sentados, Rodolfo recibió la indicación para comenzar el show de “Rudy” el Payaso.

Tras presentar a su asistente y a él mismo, pidió a los jóvenes padres que hicieran lo mismo ante el público.

- ¿Y cómo se llama nuestro pequeño festejado el día de hoy?

- Se llama Yael- respondió el padre.

- ¡Uh! ¡Venga un aplauso para el pequeñín Yael!- Rodolfo instaba a los invitados a hacer bulla. Acto seguido, ellos comenzaron a aplaudir- Bien, ¿y cómo se llama la Mamá?

- Melissa- dijo tímidamente la muchacha.

- ¿Y el papá?

- Norberto- pronunció el joven.

- ¡Un aplauso para los papás también!- “Rudy” y su público aplaudían entusiasmados y alegres.

El número transcurrió de forma rutinaria, hubo algunos chistes y concursos de sillas, preguntas capciosas, etcétera. Las risas y carcajadas estruendosas emulaban a las que años antes producía en los salones de clase. Sin duda, muchos asistentes pedirían una tarjeta al finalizar el acto para contratarlo cuando se ofreciera la ocasión, era un payaso que se ganaba a pulso cada centavo.

Mientras tanto, Rodolfo ponía especial atención observando, muchas veces de reojo, la tensión que había entre los padres de Yael. A través del pequeño espacio que dejaba ver la sala detrás de la puerta entreabierta vio cómo Norberto jaloneaba a Melissa ordenándole que se apresurara a servir los refrigerios en los platos desechables.

Rodo sentía una furia que recorría su médula. Le era inaceptable tal maltrato a una mujer tan hermosa. Con impotencia siguió con su trabajo. Así pasó, viendo desplantes de desprecio hacia Melissa, hasta la hora de romper las 5 piñatas.

Los padres se tomaron la foto con su hijo posando junto a la olla forrada y adornada en forma de burrito. Rodolfo encargó a Norberto la organización de los niños invitados para romper los objetos llenos de dulces. Pidió ir al baño y el acceso al interior de la casa le fe otorgado.

Caminaba por el pasillo cuando volteó al interior de un espacio. Melissa estaba sin hacer nada más que estar de pie, con las manos apoyadas en la mesa donde estaban puestos los platos sobrantes tras el reparto de los refrigerios.

Ella estaba de espaldas. Rodolfo caminó lentamente hacia ella, la tomó de la cintura suavemente y pegó su pelvis a los glúteos femeninos. Cuando miró su rostro, ella tenía las mejillas empapadas en lágrimas. Rápidamente echó atrás su cuerpo. La giró con delicadeza y sin decirle palabra alguna le secó el líquido que escurría de esos ojos hermosos.

El payaso siempre había pensado que cualquier fiesta de cumpleaños debería ser un homenaje a la madre puesto que esa mujer era a quien tenía que dársele crédito por el sufrimiento para parir y por llevar a un ser dentro de sí durante nueve meses. En esta fiesta, el marido había sido un estúpido que no valoraba a la mujer con la que había engendrado al pequeño Yael.

Sin peticiones ni señas, volvió a tomar a Melissa de la cintura, esta vez de frente, acercó su cuerpo al de ella. Su mano derecha subió hasta la espalda mientras que la izquierda bajó hasta la nalga derecha de la chica. Ella, lejos de bofetearlo, no se quedó atrás y extendió sus largos brazos alrededor del cuello de Rodolfo. En un instante ambos se besaban, sí con cierta lujuria pero también con cierta tristeza; de ese tipo de melancolías que dan cuando se conoce a alguien que ya está comprometido dejando salir un pensamiento de “Cómo fue que no te conocí antes”.

Melissa era más baja de estatura que Rodolfo, así que puso las plantas de sus pies encima de los grandes zapatos del payaso para acercar todavía más sus bocas. Ella subió una de sus piernas en un costado de Rodolfo, él tomó su muslo, sus narices exhalaban un aliento cada vez más cálido. Como éstas se rozaban torpemente, la nariz roja de Rodolfo cayó al suelo dando pequeños saltos y giros, movimientos que llevaron al pequeño objeto a tocar la punta de un zapato de vestir color negro.

Una puerta había rechinado unos instantes antes. El zapato negro era el calzado de Norberto. El padre del pequeño Yael vio la escena aun cuando las dos personas frente a él trataron inútilmente de recomponer sus posturas para disimular.

Rodolfo siempre había pensado que no importaba quedar como un cobarde siempre y cuando se conservara la vida. Este día prefirió que Melissa y Norberto se quedaran discutiendo o golpeándose en la cocina. Salió corriendo hacia el jardín, metió rápidamente todo cuanto pudo en su maleta, la cerró apresuradamente al tiempo que pedía a su novia que desmontara el resto del equipo, lo subiera a la camioneta y se marchara, le dijo que no había problema con el pago, que él mismo lo arreglaría después.

Tras este hecho, la pareja del payaso fue notificada de lo sucedido. Eso se deduce ya que Rodolfo nunca volvió a verla, tampoco a la camioneta de su padre. No pudo contar lo ocurrido a su progenitor, sabía que de hacerlo inevitablemente su familia se enteraría de su pequeño “abuso de confianza” en aquel domicilio, lo cual traería consecuencias aún peores. Dijo que le habían robado todo a su novia, y que ella sentía una vergüenza inmensa, que por eso ya no la verían tan seguido.

Rodolfo sabía también que si Norberto tuviera intenciones de vengarse le sería fácil buscar a un payaso, así que abandonó su oficio. Se había adaptado varios pares de zapatos, así que trabajar con renovador de calzado sería una salida razonable.

En su nuevo trabajo solía imaginar las piernas que portaban los zapatos femeninos que le llevaban a reparar, Rodolfo las comparaba con las piernas de Melissa tratando de revivir aquel encuentro fortuito, lleno de lujuria y adrenalina.




(Imagen tomada del sitio http://www.balovega.com/2010/03/la-sombra-de-un-leon.html)