Mostrando las entradas con la etiqueta familia. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta familia. Mostrar todas las entradas

jueves, 29 de enero de 2015

REUNIÓN

Todo mundo disfruta de la cena de Navidad. Yo no. Aún así me encuentro aquí, en uno de los tantos lugares que mis padres han dispuesto alrededor de la mesa que compraron hace unos días sólo para esto.

Nunca he entendido el fanatismo exagerado que tiene la gente por llegar tarde. Lo peor, me parece, es que todos lo han naturalizado. Se citan a una hora para llegar treinta minutos después. Ésas son mamadas.

La cita era a las 8:30. La primera en tocar la puerta fue la Tía María José, 8:56 se oyeron los tres golpes de sus nudillos. Pasó con un gran panqué entre sus manos, dijo haberlo cocinado en la tarde.

9:04 se escuchó otro golpeteo. Mi padre abrió la puerta, creí que sería otra tía. No fue así. Una fila de viejos conocidos estaba entrando para mi sorpresa. Se trataba de mis mejores amigos de la universidad. Mi madre los contactó y los invitó a cenar con nosotros. Desde que abrió su Facebook se la pasa comentando y conversando con mis “amigos” cibernéticos.

Así que aquí estaban cuatro personas, individuos que venían tanto a la casa que en algún punto se volvieron como de la familia. Hace casi un año que no los veía, ni siquiera había platicado con ellos.

Uriel, Sandra, Grecia y Adrián estaba sonrientes. Comenzaron a hacer chistes que sólo ellos entendían. Supe que en todo este tiempo ellos se habían frecuentado entre sí. Yo ni enterado.

9:09 llegó la última parvada. El tío Víctor, su hermana Gloria, su esposa Griselda y su hija Jannette. Hacían acto de presencia hablando como urracas. Jannette en especial tiene un timbre de voz muy castrante, agudo, molesto. Lo sacó a su madre; si a mi tía Gris la he querido golpear por su hablar, a mi prima le cortaría la lengua.

No sé a qué hora mis tías y mis amigos se pusieron a platicar. Presenciaba la fusión de estos grupos de personas que, hasta antes, permanecían separados, sin conocerse.

A mi familia la conozco bien. A mis amigos ya no. En sus conversaciones noto palabras que no solían decir, sus cuerpos escupen expresiones exageradas que antes no hacían. Han cambiado para mal.

Adrián cada vez se vuelve más puto. Uriel es un hombre que adora la narcocultura, un pendejo. Sandra se ha convertido en una presumida, dice que sus padres pusieron una boutique que les ha ayudado mucho. Grecia se ha destapado como una zorra; puedo verlo en sus labios, ese rojo es labial de puta, sus piernas ahora las presume como trofeos, pero su cintura y su vientre cada vez ganan más volumen, todos lo notamos al verle el cuerpo con atención como consecuencia de la mirada caliente que lanzó el tío Víctor a sus nalgas.

Sus risas me desesperan, las bromas que se hacen no tienen ningún sentido para mí. Carcajean mientras ven las pantallas de sus teléfonos inteligentes. Parecen hablar de memes y videos que ven en Internet. Sería mejor si hablaran de las noticas que ven en la televisión, o ya de perdida del beisbol que ven ahí mismo.

A nadie en esta mesa, más que a mí, le gusta patear el balón de fut. Extraño los años de mi infancia en que salía con el resto de los niños vecinos a patear una pelota en la calle aunque fuera Noche Buena. Desearía que Pablo y Romeo, mis dos más viejos amigos en la vida, dados gracias al balompié callejero, nunca se hubieran ido. Que Pablo no se casara y se mudara a Guadalajara con su mujer. Que Romeo no se hubiera ido a trabajar a la frontera, donde lo tratan como perro haciéndolo creer que así es la vida allá a cambio de no mucho dinero.


Desearía que nada de eso hubiera pasado para, en este preciso momento, salir corriendo a patear un balón. Desearía no haber arriesgado mis piernas en aquella jugada del partido en la final, donde uno de los rivales lastimó mis rodillas haciendo un daño irreversible. Mis extremidades y su movilidad ausente que hoy me obligan a estar aquí, en medio de animales ruidosos que seguramente se burlan de mi silla de ruedas mientras dibujo una hipócrita sonrisa como respuesta con este panqué de mierda entre mi boca.



(Imagen tomada del sitio http://clarasdehuevo.com/aplicaciones_y_recetas)

jueves, 4 de septiembre de 2014

CABELLO

Es curioso ver cómo la gente, cuando ve a un recién nacido vestido de la ropita amarilla que las amistades de los padres le obsequiaron, siempre pregunta ¿Qué es, niño o niña?

Creo que no hay condición más igualitaria para un ser humano que en esa etapa, y es, creo yo, en buena medida gracias al cabello. Cuando preguntan si se trata de un pequeño hombre o de una pequeña mujer es porque el diminuto ser humano que miran tiene cabello corto. Nadie distingue el género salvo que tenga unos pequeños aretes o algún otro objeto que denote ya una orientación.

Después, en las mujeres, se nos vuelve costumbre darle cuidado continuo. Hay que mantenerlo brilloso, reluciente, bien peinado. En mi caso, mi madre era de la idea que mientras más largo estuviera, era mejor. Eso hasta que mis dolores de cabeza comenzaron. El doctor dijo que esas incomodidades que sufría se debían a mi cabellera que daba hasta la parte trasera de mis rodillas cuando terminaba de bañarme.

Tras el diagnóstico los hilos que salían de mi cabeza fueron mutilados de forma que me llegaran sólo hasta los hombros. El alivio fue casi instantáneo aunque las trenzas que me hacían para ir a la escuela primaria resultaban muy cortas.

Cuando la pubertad llegaba a mi cuerpo y mente, las ideas me dictaban mantenerlo suelto. Pedir el corte “en capas” me encantaba, con él tenía la suficiente seguridad para poder salir a fiestas, bailar, tratar de enamorar a cualquier chico que me llamara la atención. Mi madre se oponía a esta idea, insistía en que me hiciera una “cola de caballo”. Creo que es función natural de todo adolescente oponerse un tanto a la voluntad de los padres. Mantenía mi cabello a mi gusto gracias a que, a juicio de mi padre, me veía muy bien; él lo consentía y eso hacía que yo me saliera con la mía.

Tiempo después, cuando alcancé los veinte años, tendía a hacerme distintas cosas: modificar mi lacio grupo de hilos negros a un montón de rizos. Un día se me ocurrió cortármelo aún más y después rizármelo; mi afro era espectacular, digno de una representación de Rarotonga.

En esas épocas sonaban Las Flans, eran una verdadera sensación. Las cabelleras de Ivonne, Ilse y Mimí también tuvieron influencia en mi gusto, llegué a tener el look de cada una de las tres. Siempre me encantaba cantar aquél verso de canción: “Tímido, búscame. Te invito una copa en el mar; tímido atrévete, a qué hora podemos quedar” y “No controles mi forma de vestir porque es total y a todo el mundo gusto”. Esa etapa la recuerdo con mucho cariño, en buena parte gracias a mi cabello.

Cuando me casé hubo un lapso en el que no hacía mayor cambio a los mechones de mi cabeza. Un día mi marido me dijo que aplicarme un tinte sería buena idea, cosa que yo tenía pensada desde algún tiempo atrás. Así que de cuando en cuando me aplicaba distintos colores discretos: castaño, un rojizo muy tenue, o algunos rayitos discretos, que no llegaran a la exageración. Jamás me llamó la atención un color rubio, creo que sé bien qué me queda y qué no. Un tono muy claro seguro me haría ver mucho más morena de lo que en realidad soy; la verdad es que he visto a mujeres que lo hacen, que no les va, que se ven sinceramente raras.

Bien, mi cabello había pasado por casi todo. Si alguien del salón de belleza se pasaba en cierto corte yo simplemente recurría a un truco casero que me recomendó una amiga: aplicar pastillas anticonceptivas a mi shampoo para que mi melena (como dice mi hijo) creciera con mayor velocidad. El resultado era asombroso.

Se acercaban mis cincuenta años, mi cabello comenzaba a caerse cada vez con más frecuencia. Un doctor me explicó que era natural en buena medida por mi edad, la menopausia se acercaba y era normal que tuviera cambios físicos, el cuerpo comenzaba a marcar el final de mi etapa reproductiva, asunto que me provocó cierta tristeza, pero al final de cuentas creo que todas las mujeres tenemos que lidiar con ello tarde o temprano, así que no debe ser para tanto.

Mi hijo me decía “Mejor rápate”, en cierto tono de broma. Era lo único que no había hecho nunca. Pero en mi mente se dibujaba mi rostro tras todas las miradas que me he hecho frente a un espejo, francamente no me imaginaba así, toda pelona. Ni siquiera un look demasiado corto, creo que por mi formación sentía que me vería como hombre, cosa que no me gustaba. Mi marido estaba de acuerdo conmigo pero ¿Cómo podía saber que algo no me gustaba si nunca lo había hecho?

Nunca hasta ahora.

Hoy, aunque evidentemente no recuerdo mis primeros meses de vida, puedo sentir un poco de cierta libertad, no tengo que preocuparme por mi cabello. Libertad de que nadie note a simple vista y a lo lejos si eres una mujer o si se trata de un hombre. Esta bata holgada color verdeazul también ayuda a tener cierta equidad.

Aún se me salen las lágrimas por el gesto que tuvo mi familia hace unas horas. Mi marido, mi hijo y mi hija se han rapado. Me han contagiado de su energía y su entusiasmo, admiro su solidaridad. Sólo falta que salga de este baño para después pasar a la unidad de quimioterapia por tercera vez. El oncólogo dice que voy por “la autopista a la recuperación total”.



(Imagen tomada del sitio http://mdbelleza.com/files/2012/09/cabello-largo-y-sano.jpg)

jueves, 14 de agosto de 2014

FEO

Mi primo Cástulo parecía ser alguien desafortunado. Desde que nació, cuando yo tenía 5 años, su rostro nos pareció “chistoso”. La familia entera, en especial las mujeres, hacían buenos comentarios a los padres pero se notaba que fingían.

Todos lo cargaban pero creo que más por obligación que por un deseo honesto. Si el padre del bebé quería tomar una foto, le decían: “No ¿No ves que le puede hacer daño el flash? Está muy pequeño”. En realidad lo que pasaba era que el nene estaba feo, y nadie quería una foto en el álbum con él.

En reuniones familiares, antes de que los padres de Cástulo llegaran, se escuchaban comentarios sobre él como: “Ojalá que cuando crezca se componga”, “Pobre niño, está bien feíto”; el más manchado era el de mi tío Hugo, contaba prácticamente un chiste: “Cuando el niño nació el doctor dijo que lo soltaría. Si caía al piso era un humano, si volaba era murciélago”, todos se soltaban a reír. El silenciador de aquellos comentarios y carcajadas era la llegada del propio Cástulo y sus papás.

Cumplió 16 años y la situación seguía sin favorecerle. Tenía un cabello más rebelde que el de los elotes, sus mirada parecía ser siempre triste, acentuada por unos oscuros anillos orbitarios que parecían ojeras de mapache, cosa que le había valido su apodo, El Mapa. Alto, su cabeza era larga, cual Herman Munster; nariz en forma de cacahuate garapiñado, rostro lleno de cacarizos, dientes desalineados con brackets y unos labios delgados que apenas se notaban. Su complexión era delgada, pero su cuerpo parecía estar siempre desganado, los brazos le colgaban como los de un orangután que ha saciado su hambre; sobresalía una pequeña panza de perro parado. Ni su nombre ayudaba a remediar un poco lo que la naturaleza le había dado.

Siempre se ponía a platicar conmigo cuando me encontraba en la calle. Esto me incomodaba porque tenía la suerte que las 2 chavas que me gustaban pasaban siempre que yo estaba con él. Ellas ni se fijaban en mí, se quedaban viendo a mi primo con cara de desagrado y apresuraban su paso. “Es tu primo, apóyalo” me decía a mí mismo para convencerme de no dejarlo ahí abandonado, hablando solo.

Su tema de conversación, el de siempre. Le gustaba Paulina, la niña más bonita de su prepa y no encontraba la forma de acercarse a ella. Para mí, ella era una odiosa, vanidosa y caprichosa que se creía mucho dado su aspecto físico. Pero sin duda era hermosa; tanto así que incluso yo podía notar la mirada de sus compañeros y profesores hacia ella cuando iban caminando por la calle, a todos los traía cacheteando banqueta. Paulina lo sabía bien y se aprovechaba de ello. Quizá por eso se decidió a andar de novia con Rodrigo, el tipo más estúpido que he conocido; no obstante, aquél individuo era el hijo del empresario más grande de la población: un gordo prepotente,  dueño de una pequeña cadena de mueblerías.

Por las tardes se les podía ver a bordo de una camioneta color negro, lujosa y de doble cabina. Canciones de alto nivel folclórico como pueden llegar a ser las de Wisin y Yandel, Chino y Nacho, o Los Titanes de Durango, hacían retumbar los woofers de sus sistema de audio. A Cástulo esta situación lo desesperaba y lo molestaba de sobremanera. La pareja ambulante reproducía intencionalmente una canción cuando miraban a mi primo:

Nanga Ti Feo, ti feo ni na neni
Neguidubi da shi don
Nenechachaga Naneni

- Ya me tiene hasta la madre esa canción. No puedo creer que Paulina ande con ese idiota.- me decía Cástulo siempre que los veíamos.

- Pero esa morra es una interesada. Todos sabemos que Rodrigo es bien pendejo, ella sólo anda con él por su varo.

- No mames, pero mírame. Estoy bien pinche feo. Nunca me va a hacer caso. Hasta mi nombre es horrible. ¡Cástulo! ¿Qué estaban pensando mis padres cuando me pusieron ese nombre?

Ahí sí, mejor me quedaba callado porque no había ningún argumento para contradecirlo. En lugar de darle ánimos con palabras, sólo le daba palmaditas en la espalda.

Un sábado lo vi por la tarde, después de eso no lo miré por meses. Mi madre le preguntó a mi tía por él obteniendo un simple “Ahí anda” como respuesta. El tema de Cástulo era evadido con descaro. Luego nos enteramos que no estaba yendo a la escuela, había pedido permiso para un año sabático ¿Seguía viviendo en su casa? ¿Qué cosa misteriosa estaba haciendo mi primo ahora?

Llegó el nuevo ciclo escolar. Un lunes por la tarde alguien llamó a la puerta de mi casa. Abrí y se encontraba un tipo alto, bien peinado, con una cantidad discreta de gel en el cabello, sobre su frente se formaba un copete digno de personaje político absurdo. Su rostro era liso, parecía nalga de bebé. Su playera ajustada, típica de cualquier hombre presumido que ha tenido buen resultado en el gimnasio, marcaba un abdomen cercano al de Aquaman. La sonrisa ni qué decir, no había anuncio de pasta dental que la igualara.

- ¡Cómo andas, Ulises!- me dijo con un ánimo que se veía hasta en sus mirada.

- ¿Cástulo?- sus ojos tristes, ya sin ojeras, y su tono de voz me hicieron reconocerlo- ¡¿Qué te hicieron?! ¿Dónde te habías metido?

- Pues ya ves. Me fui a Cuernavaca un año a vivir con un primo de mi papá, y pues me di un nuevo aire.

- ¿Y cómo le hiciste?

- Pues es que él tiene una clínica de belleza, así que me di mi arreglada.

- ¡Pinche metrosexual! Maldito mirrey- le dije en tono de broma.

Me invitó a un bar, tomamos una chela y mientras platicábamos podía notar una enorme diferencia en él. Se había convertido en un tipo egoísta, presumido, su esnobismo era desmedido. Vestía ropa de marcas exclusivas, carísimas. Decía que tendría que viajar muy seguido a diferentes partes del país porque había conseguido trabajar en una agencia de modelaje. Contaba también que regresó para demostrarle a todos los que antes le hacían burla que ahora podía ligarse a cualquier chica. Mientras hablaba, Paulina entró al lugar acompañada de Rodrigo. Cástulo la vio e inmediatamente adoptó una pose exagerada, presumiendo sus nuevos bíceps.

Esto a mí me pareció de lo más ridículo que había visto en mi vida. A Paulina no; ella no tardó en mirarlo, no lo reconoció y convenció a su novio de sentarse frente a la barra, quedando ella junto a mi primo. Ambos sonrieron coquetamente entre ellos. Cástulo siguió charlando conmigo de pura chingadera, parecía que el gimnasio le había absorbido toda la inteligencia y la humildad. La verdad es que yo no le creía nada, pero Paulina escuchaba atenta; cuando Rodrigo se descuidó un poco, ella puso su mano derecha en el muslo de Cástulo.

En un milésima de segundo, el dueño de la camioneta ostentosa notó que su novia estaba flirteando con el mamey de al lado. Los ánimos se encendieron, pero bastó que ambos se pusieran de pie para notar que el físico renovado de mi primo era imponente. Rodrigo prefirió abandonar el lugar dejando a su rival el terreno libre para conquistar a la codiciada Paulina. Desde ese momento me convertí en un objeto sin importancia, un consumidor solitario en el bar. Cástulo salió del lugar abrazando a Paulina, se fue tomándola de la cintura, ni siquiera se despidió de mí.

En la familia se corría el rumor de que mi primo ahora era un grosero con sus padres; sin embargo, seguía siendo una especie de imagen de éxito para mis parientes por haber salido a vivir a otra ciudad, conseguir un trabajo bien remunerado y tener como novia a una de las mujeres más atractivas de nuestra población.

Su presencia llegó a ser castrante para mí cuando estábamos en el mismo sitio. Si el nombre de Cástulo era feo, la persona que lo poseía era horrible. Si a eso le llaman éxito y belleza, prefiero ser un feo fracasado, uno en el que la actitud sea más importante que su físico o que su nombre.



(Imagen tomada de http://es.wikipedia.org/wiki/Facepalm)

jueves, 31 de julio de 2014

AQUÍ NO HAY TRUCO

Desde pequeño fue maravillado con tal acción inexplicable. El hombre con elegante traje negro lo había deslumbrando sacando un ave de ese hermoso sombrero. La capa de aquella persona parecía ser tan suave que al mínimo contacto en la mejilla seguramente sentiría ganas de dormir enroscado con ella.

Crisógono lo supo desde ese momento: él también quería ser un mago. Seguro que en la escuela todos pedirían ver sus trucos.

El jovencito fue bautizado con ese nombre como un homenaje a su abuelo paterno, que aún vivía. Era el único nieto hasta ese momento y su papá quiso ganarle a los tíos en eso de la herencia del nombre. Pero al niño esto no le satisfacía. En tiempos donde Jonathan, Kevin, Irving o Derek estaban de moda, Crisógono le parecía una grosería de nombre. Por eso siempre se presentaba sólo como “Cris”. Sus maestras habían asumido con cierta naturalidad que se llamaba Cristian.

El abuelo había sido un joven extrovertido, danzó todos los mambos que pudieran existir en el mundo vestido de pachuco. Tenía una cantidad desconocida de trajes con su respectivo sombrero, todo guardado en un ropero de fina caoba. Cris sacaba cosas a escondidas de ahí, se ponía a ensayar sus trucos; 8 conejitos muy pequeños nacidos en la granja de la casa fueron asesinados accidentalmente por guardarlos mucho tiempo dentro de diferentes sombreros, sofocados morían ahí esperando a ser observados por los padres del niño que siempre estaban ocupados, ellos no se dedicaban a estar “perdiendo el tiempo”.

“¿Por qué nunca me hacen caso?” se preguntaba Cris. El jovencito era más que terco cuando quería algo. Creció siendo autodidacta en eso de la magia. Ahorraba el dinero de sus domingos y las moneditas que le sobraban de lo destinado para el lunch. Con esto compró su equipo en una tienda de disfraces que quedaba cerca de su escuela. Tenía su capa, su varita y un sombrero hecho de cartulina blanca (porque ese día a los de la papelería se les había acabado el cartoncillo negro).

Sin embargo, sólo tenía dos actos. Uno era aparecer a su conejito y otro hacer desaparecer billetes entre sus manos. En su grupo se habían aburrido de esos números y Cris ya había ido a la dirección más de 3 veces por andar distrayendo a sus compañeros.

Cuando Crisógono llegó a la pubertad aprendió eso del internet y las computadoras. Bajaba videos de yutub en el ciber, tutoriales de magia con cartas, otro de cómo desatar nudos con los ojos cerrados, uno más mostraba la forma de atravesar su mejilla con un lápiz sin sacar una sola gota de sangre, además de uno muy bueno que hacía desaparecer la fuerza de los brazos de cualquier persona. Éste último en particular era solicitado muy seguido por sus amigos buleados, tanto así que los agresores llegaron a respetar a Cris.

Su fama en la escuela trascendió a su casa. Aunque al muchacho le encantó en un principio que lo reconocieran en su familia por su talento, después se fastidió ¿Para qué mostrarles lo que tanto habían despreciado antes?

Ese día, en la fiesta de XV años de su prima querida, vio cómo la tía más presumida de la familia, Aurora, se alcoholizaba sin medida, estaba haciendo el ridículo, bromeaba con mal gusto y vomitó en el traje de la festejada. Por si fuera poco, hizo un comentario en el micrófono del grupo que estaba tocando:

- A mi hija le hice esta fiesta porque se la merece. Ella es una niña muy lista, es la mejor nieta que mi papá pudo tener. Es el honor de la familia, no como ese maguito de quinta que anda por ahí. Mi hija sí es una chingona ¡Arriba mi’ja!

A Cris le hirvió la sangre, “¡Pinche tía, tan mamona que se hace, es una pendeja!” pensaba. Estaba decidido, algún día esa borracha de clóset tenía que pagar por su comentario.

Cuando Crisógono tenía 20 años se llevó a cabo una fiesta más, se trataba de las bodas de plata de sus padres. Había planeado un número de magia para todos los asistentes, uno que iría después de la partida del pastel. No reveló a nadie de qué se trataba.

Llegó el momento, terminó de sonar el Queremos Pastel y el vocalista del grupo musical contratado lo anunció:

- Por favor, guarden silencio. A continuación se presenta el mejor Mago del Mundo, el que hará que sus ojos se les salgan del asombro. Él es el único, el inigualable !CRI-SÓ-GO-NOOOOOO!

Cris pudo notar cómo algunos miembros de su familia se reían por el nombre, parecía que todos habían olvidado al abuelo fallecido 2 años atrás. No era tiempo de hacer caras, así que entró a escena muy animoso, su atuendo ya no era el de mago clásico, ahora se vestía como Daynamo (el mago que pasaban en Discoveri), su complexión lo ayudaba a aquél ilusionista de la tele.

En una caja transparente metió papelitos blancos, doblados. Pidió a los titulares de la fiesta que entre ellos decidieran quién de los dos sacaría el trozo con el nombre de la persona que pasaría para realizar el truco. Su padre fue el elegido, el pequeño papel decía “AURORA”, Cris pidió que fuera mostrado a todos para que hubiera constancia del hecho. Lo que nadie sabía es que todos los papeles tenían el mismo nombre, estaba decidido a vengarse.

La tía Aurora tuvo que pasar al centro. Crisógono la hipnotizó (otra cosa más que nadie sabía que podía hacer), la recostó sobre 3 sillas vacías, luego retiró la del centro. El cuerpo de Aurora no se doblaba. Para agregarle un poco de humor, Cris se quitó el pantalón, quedó en trusa y se sentó sobre el abdomen de su tía. Todos rieron por la ocurrencia del acto. La mujer parecía una barra de metal. El padrino de bautizo del mago estaba grabando con su jandicam, no lo podía creer, estaba tan sorprendido que no notó que su boca estaba abierta.

A continuación, Cris tomó una cobija negra que había puesto cerca. Cubrió a su tía de pies a cabeza. Se puso de pie, hizo un ademán con ambos brazos, retiró la cobija rápidamente para descubrir un maniquí que vestía la misma ropa de Aurora. Los invitados y la familia no lo podían creer, sonreían con asombro, aplaudían.

Crisógono procedió a recostarse en el suelo, se cubrió totalmente con el mismo objeto oscuro. Pasaron 3 minutos sin acción, después eran 5. El señor de la videocámara decidió retirar el trapo. Sólo había dos pares de almohadas y encima una nota:

“ADIÓS FAMILIA. ESTE HOMBRE SE HA LLEVADO SU MAGIA Y SU NOMBRE A UN LUGAR DONDE PUEDA SER APRECIADO. LA BORRACHA FUE UNA CORTESÍA.”


Los músicos no estaban prestando atención a lo que acababa de ocurrir, habían estado comiendo pastel. Cuando notaron que el acto concluyó, sin que nadie lo pidiera, comenzaron a tocar No te metas con mi Cucu para comenzar el baile al que ya nadie quiso acudir.





(Imagen tomada de la página http://www.garuyo.com/uploads/2013/8/magia-ipad-zauberer-simon-pierro_125267.jpg_32955.670x503.jpg)