Me
sentía como un maldito pedazo de estiércol. Pero en realidad no era yo el que
juzgaba mi propia persona, eran todas esas ideas absurdas que nos meten en la
cabeza toda la vida, toda la infancia y adolescencia. Más aún si tu madre es
una fanática religiosa como la mía.
¿Quién
nunca se enamoró de su maestra? A estas altura recuerdo cuando le confesé
abiertamente a mi madre lo atractiva que me parecía la profesora de quinto
grado de primaria. Nunca se lo hubiera dicho. Maltrató mis nalgas con el cable
de la plancha, me sentí igual que un Mesías siendo flagelado. Me hizo repetir, además, padres nuestros y aves marías toda la tarde.
Desde
entonces no le confío nada, ni siquiera agarrones de mano sudada o mi atracción
a tal o cual mujer. A partir de eso también sentía una aberración hacia mí
mismo cuando me auto sorprendía viendo el trasero de cualquier dama. Pensaba
que mi boca debía ser lavada con ácido muriático u otro químico fuerte.
Me
pasó muy a menudo en la secundaria. Me sorprendí viendo las nalgas de Rosario,
la de español; el trasero de Oliva, la de biología; las enormes sentaderas de
Tania, mi compañera de grupo, que para colmo, se doblaba la falda dejando ver a
todos sus carnosos y relucientes muslos; los pechos de Lola eran de locura, recuerdo
la cachetada que me sonó cuando fui sorprendido en mi hipnotización mamaria.
Todas
esas veces sentía que era mi deber correr a la iglesia o capilla más cercana
para confesarme y cumplir la penitencia que el sacerdote me impusiera. Hasta
hoy.
Puedo
decir que, si bien siempre me han seducido compañeras de mi edad que el
colectivo estudiantil, con sus inteligentes estándares, califica como
tremendamente bellas (“¡No mames, está bien buena! Yo sí me la cojo”); nunca
antes me había sentido tan atraído por una profesora.
Magdalena
llegaría a mi vida y a mi salón de prepa para la materia de inglés. Lo primero
en deslumbrarme (al igual que a mis compañeros) fue su rostro, tan bello como
cualquier Miss Colombiao Miss Venezuela. Eso fue lo primero, habría sido lo
segundo de no ser porque su chamarra disimuló lo que más tarde todos
descubriríamos, sus enormes delanteras que parecían tener un frío que todos
notamos.
No
perderé el tiempo contando las reacciones de todos los presentes en la escena,
lo que sí era de advertirse fue la lujuriosa y magnífica conjugación que hacía la
cintura de Magdalena con sus apetecibles glúteos. Juraría que hasta las viejas
querían tirársela.
Magda
resultó ser muy buena profesora. Nadie ponía atención en clase, pero el nivel
de inglés que alcanzó la mitad varonil del grupo fue asombroso. Todos hacíamos
lo posible para resolver de forma perfecta nuestros ejercicios, tareas y
exámenes. La mayoría tomaba asesorías en otro lado. El fin era impresionar a la
profesora y hacer que se entretuviera calificando el cuaderno junto a tu lugar.
Mientras ella examinaba nuestras respuestas, podíamos observar fijamente su
cuerpo, con todo el deseo que quisiéramos, hasta sentir que lo tocábamos.
Fue
uno de esos días cuando se me ocurrió: si todos hacían bien sus trabajos para
mirarla de cerca un instante ¿Qué haría ella si me mostraba lo suficientemente
estúpido como para requerir asesorías extra clase?
Funcionó.
Ofreció darme clases a mí solito después de las tres de la tarde, la hora en la
que tanto profesores como alumnos se ausentan definitivamente de la prepa.
Colocó
una silla junto a la suya y me invitó a sentarme. Para beneplácito mío, su
falda color beige era de las más cortas que pudiéramos conocerle. Su pierna
morena como su rostro me hacía ver estrellas, lightning stars como diría ella. Mi festín visual fue más suculento
que el que se pudiera dar cualquier otro fulano de la escuela, y de alguna
manera mi remordimiento religioso estaba ausente. Tuve que acomodar mi cuerpo
de forma que la calentura de mi entrepierna no se notara. Así estuve una hora
completa, sentado con la mochila encima del regazo.
Terminamos
la clase y me dio ride de la escuela
hasta la avenida principal. En el trayecto miraba la forma en la que sus senos
reaccionaban ante tanto bache. Pedí al cielo que el gobierno nunca reparara esa
carretera, ni ninguna otra calle mientras ella pudiera darme aventón. Miraba
también sus piernas con tremenda obsesión
¿Qué
miras? preguntó con una pícara sonrisa. Nada, le dije esquivando su mirada.
Estacionó su auto junto a la banqueta, me tomó la barbilla para que volteara a
verla y preguntó exactamente lo mismo una vez más mientras me miraba
desafiante, alentadora. Sentí su mano en mi muslo mientras mi sangre se
concentraba en el pito.
No
sabía qué hacer, estábamos a media calle y sus vidrios no eran polarizados,
toda la gente podía vernos si así lo quería. No pude hablar y sólo cerré los
ojos. Un escalofrío gozoso recorría mi espalda, me sentí caliente como nunca
antes. Pude oír un gemido saliendo de mis labios e inmediatamente después un
dolor inmenso en las entrañas.
Un
apretón de huevos doloroso, peor que cualquier patada sufrida, una presión intensa
ejercida por diez dedos. Magdalena me sujetaba con todas sus fuerzas, sus
dientes se apretaban por su ira, y yo, para desquitarme y ante la imposibilidad
de retirar sus manos de mis testículos,
instintivamente metí my hand
entre sus piernas, rápidamente escabullí mis dedos en los adentros de su
calzón, mi dedo índice sentía una piel rasurada y mi meñique un líquido desconocido.
A
continuación reviví la cachetada de la secundaria. Sólo que ésta sí era en
serio, venía de parte de una mujer madura que pegaba con odio tremendo. Me
metió dos golpes certeros en el rostro a puño cerrado. Salí del auto observado
por la gente, mi meñique tenía sangre, fluido rojo que no emanaba de mi cuerpo
y que olí por impulso en vía pública, aroma a hierro, óvulos y leucocitos. No
me arrepiento, este olor no lo explican en los libros, en la biblia, ni en
ningún otro lugar, mucho menos lo haría mi madre.
Así
tuviera que rezar el resto de mis días o sangrar de la cabeza con una corona de
espinas, mi aprendizaje lo valdría. Éste es el olor de mi victoria, del
sacrificio femenino, es el maldito olor de la vida; the goddam smell of life, como diría Magdalena.
(Imagen tomada del sitio http://www.tualdia.com/belleza/adelgazar-las-caderas.html)
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