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jueves, 8 de mayo de 2014

¿LOS ÁRBOLES MUEREN?

- ¿Los árboles se mueren?- preguntó Diego a su padre, quien concentrado picaba en diferentes zonas la pantalla de su smartphone.

- No sé, pregúntale a tu mamá- el Señor Carlos, padre de Diego, trató de disimular su ignorancia volviendo a  su teléfono.

Diego volteó a ver a su madre con expectativa, esperando respuesta.

- Pues los árboles son seres vivos, supongo que también mueren.- Claudia nunca se lo había preguntado. De hecho le parecía una muy buena pregunta. Lamentaba no tener una respuesta, pero lamentaba más que su marido fuera tan evasivo, como si las vacaciones que estaban pasando no le interesaran.

Los tres estaban frente al ahuehuete más famoso de Oaxaca: el Árbol del Tule. Diego y Claudia estaban observando las figuras de las ramas y el tronco. El Señor Carlos estaba de espaldas al atractivo turístico, su celular le importaba más.

Al Tule no le importaba la actitud del señor ése. Mientras los niños lo apreciaran y pudieran observarlo, él era feliz. Disfrutaba cuando los niños de la comunidad donde vivía (Santa María) iban después de la escuela a platicar con los turistas, siendo los guías autorizados del lugar, y también los más carismáticos.

Sin embargo, ahora El Ahuehuete se ponía a pensar. El cuestionamiento de Diego no había estado en su mente desde hacía mucho. No recordaba exactamente su edad; los datos oficiales decían que tenía más de 1 400 años de existencia, que por eso era “Milenario”. Tanta edad lo había hecho tener la falsa idea de ser inmortal.

Ahora recordaba cómo en un principio no fue sólo un árbol, sino 4 (¿o fueron 5?) que habían sido plantados muy cerca uno del otro. Al ir creciendo se fusionaron para ser aquél ejemplar vegetal que ahora todos admiraban y que comenzó a pensar como un solo ente.

Hubo un tiempo en el que, en medio de las noches, El Tule tenía pensamientos creativos. “Voy a crear mis propias figuras. Seré todavía más increíble” se decía. Y comenzaba a mover sus ramas y su corteza para hacerse sus propios “tatuajes tridimensionales”. Fue de este modo como nacieron las figuras de venado, elefante, león, cocodrilo. De todas ellas, la cabeza de León era su favorita, la consideraba su obra maestra.

- ¿Ya nos vamos, mamá?- Diego tenía el rostro algo triste, como si sus deseos de quedarse en ese lugar todo el día y comer nieve le fueran despojados para siempre.

- Ya hijo. Esta noche tenemos que regresar a Aguascalientes y todavía tenemos que comprar algunas cosas- Lo cierto es que Claudia también deseaba quedarse ahí más tiempo, pero al otro día tenía que ir al trabajo.

- ¡No! ¡No se vayan! Me quedaré pensando no sé cuánto tiempo en la pregunta de Diego- decía El Tule con notable desesperación. Su lenguaje no era percibido por los humanos, pero sí por el resto de las plantas a través del aire.

Todos los que pudieron escucharlo lo miraban con tristeza y murmuraban entre ellos. La única forma de que sus mensajes pueden ser oídos es a través del viento; así, cuando el éste es relajado y refrescante se trata de un diálogo vegetal calmado o en voz baja; cuando el viento es fuerte, se trata de una conversación desesperada o molesta.

Fue inevitable. La familia se había marchado. El Ahuehuete ahora pensaba su situación. Recordaba la tristeza que había sentido cuando vio cómo, progresivamente, varios de sus compañeros ya sea más pequeños o más grandes fueron talados en nombre del progreso humano y de la expansión de las ciudades y pueblos del valle. Siempre eran más los árboles talados que aquellos sembrados para sustituir las muertes. Ahora, la Ciudad de Oaxaca tenía, por ejemplo 482 años a costa de la vida de miles de ejemplares vegetales.

Un pochote amablemente mandó su mensaje a través del aire fresco:

- Es inevitable, todos moriremos. Tú decides cómo vivir mientras llega ese momento.

Esas palabras se clavaron profundamente en la mente del Ahuehuete.

Pasaron unos meses, ahora había llegado el primer lunes de octubre. El lunes siguiente sería la fiesta titular en Santa María, en honor al Tule. Las autoridades de aquél municipio ya habían difundido la celebración casi en todos los medios y a través de lonas en puentes y espectaculares en las carreteras.

Pero El Ahuehuete ya no quería castillos quemándose, su humo sólo lo hacía toser. Esta vez quería un regalo verdadero, pero no podía comunicarse con ningún humano. Asumió que tenía que dárselo él mismo.

Aunque sus ramas y su corteza ya no tenían la misma destreza que en aquellos tiempos cuando creó sus figuras, sabía que aún podía moverse. El primer intento sería el más difícil y doloroso después de tantos años de estar asentado.

Aquel domingo, en vísperas de su celebración, caía la noche y El Tule estaba más decidido que nunca. Eran las 2 am, todo estaba muy oscuro y fresco, las estrellas radiaban en el cielo despejado mientras la luna retocaba la bóveda nocturna. Era un escenario idóneo.

El Tule movió desde la profundidad del suelo, una de sus raíces. El dolor era notable, un viento desprendido de sus ramas se hizo presente debido a esa sensación. Pero lejos de rendirse, continuó el movimiento con una convicción singular. Su raíz llegó a nivel del suelo y luego encima de éste. Proseguirían las demás. Una a una, fue extrayendo sus raíces de la tierra.

Al cabo de una hora, se encontraba de pie, con todo y raíces sobre aquél segmento café ¿Brincar el barandal que lo rodeaba o romperlo? Dado su volumen era más fácil hacer lo segundo. Prosiguió y el fierro chilló al ser fragmentado.

A las 3 am la mayoría de la gente está profundamente dormida, si viene un sismo, seguramente nadie lo notará. Ese fue el hecho que El Ahuehuete aprovechó. Caminó paso por paso, alejándose cada vez más del centro de la población, de ese pintoresco quiosco, de aquella iglesia con moderna fachada (¿la llegaría a extrañar algún día?) y de esos verdes prados que día a día eran regados puntualmente por los jardineros.

Caminaba, con paso cada vez más cansado, rumbo a las montañas que estaban hacia el norte. No sabía cómo o de qué podía morir un árbol si no era talado o atacado por una plaga. No sabía cuánto tiempo le quedaba por delante. Pensó que como era una situación que no conocía, lo más probable era que le quedara poco. Era el más viejo de la zona, motivo suficiente para mudarse a una tierra constantemente húmeda, donde hubiera ríos con agua limpia que hicieran la labor de los jardineros que solían regar sus raíces. La Sierra Norte era el destino idóneo, no le pedía nada a la Sur salvo la cercanía.


El lunes, día en que estaba programada la fiesta, todos los que se despertaron temprano y pasaron por el centro estaban profundamente alarmados. El presidente municipal llegó, su reacción no fue menor. Los eventos serían cancelados en medio de una profunda intriga, una de las incógnitas más grandes en la historia. El Árbol del Tule estaba, mientras tanto, ya plantado en las montañas de San Mateo Cajonos platicando con miles de pinos y encinos. Después de todo, se merecía esa tranquilidad y ese aire puro.

Hojas de Ahuehuete (Taxodium Mucronatum)
Imagen extraída de http://www.semillaslashuertas.com/tiendaenlinea/product_info.php/products_id/244

jueves, 20 de marzo de 2014

NÓMADA

Tengo tantos amigos que parece que no tengo ninguno. Aquí donde vivo hace mucho calor, mi ropa se moja todo el tiempo de sudor aunque sea diciembre.

Hace unos meses diría que ya estoy harto, pero ahorita ya hasta me acostumbré. Eso de vivir en varios lugares diferentes pasó de no gustarme a aburrirme. Ya sé que para el año que viene (o antes) seguro ya no estaré aquí.

En la escuela donde estudiaba antes, la maestra dijo que el hombre se volvió sedentario cuando descubrió la agricultura, que en eso tuvo que ver mucho la mujer. Entonces digo yo ¿cuándo será que mi mamá descubra la agricultura? Me lo pregunto porque ya no me gusta que a cada rato vayamos al macdonalds, pitzajot o cualquiera de esas cosas que ya me saben a plástico.

He decidido que mejor ya no tendré amigos, luego pasa que sólo me encariño con la gente para no volver a verlos. Así pasó con Juan Francisco, Rodolfo, Agustín y Leopoldo. Ahora que voy en cuarto grado, en esta escuela rara conocí a Juan Carlos que me cae bien, me ha invitado a su casa pero no he ido.

Digo que mi escuela es rara porque no puedo pronunciar el nombre: Jean-Jacques Rosseau ¿Así se dirá? ¿Yeanyaques Rouseau? ¿Será de la Independencia o de cuándo? Tan bien que estaba en la Vicente Guerrero, pero mi papá y su trabajo exigen que nos cambiemos de casa a cada rato: trabaja para una constructora de carreteras. Está convencido que entre Calderón y el menso de ahora habrá menos pobres. Yo veo las noticias y nunca dejan de salir, pero bueno.

Ya he vivido en Tapachula, Puebla, Querétaro y Villahermosa, en ese orden. Tapachula y Puebla me traen buenos recuerdos. En Tapachula conocí a Cinthia, me gustaba mucho, aunque luego era muy llorona; chillaba nada más porque sacaba 9, decía que su mamá le pegaba cuando no tenía 10, por eso cuando había reunión de papás y veía a esa señora sentía ganas de gritarle sus cosas.

En Puebla conocí a Ruth, esa morenita de sonrisa dulce que hablaba como costeña, me regaló un carrito de madera en mi cumpleaños. Comíamos nuestras tortas en el recreo, todo iba bien hasta que se tuvo que ir; algunos dijeron que su mamá se separó de su papá, ella nunca me contó nada y ni nos pudimos decir adiós.

Por eso la semana pasada que vi a mi vecina Ivonne jugando quiquinbol en la calle me decidí a hablarle

-Pateas como mula- le dije.

Rápido volteó, me vio y sonrió. Ya que había abierto la boca, me arrepentí, qun﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽hua y ella en Yucatasa no me importa, le voy a pedir su correo. no  mandarle mensajiarreteras.é tal que se enojaba. Pero no.

-¿Quieres jugar?- me invitó.

Y como no soy menso pues ahí voy. Al final su equipo le ganó al mío pero ella y yo nos reímos mucho.

Al otro día le arrebaté un beso en el cachete.

-Te vi cuando llegaste a vivir aquí- confesó- Me gustas.

Y yo todo colorado, pero como no soy tonto pues que le doy un besote. En eso salió su hermano, un gordito todo enojado, nos vio y que me pone una corretiza por toda la calle. No aguantó, paró de correr y se puso a toser de lo cansado que estaba.

Aunque se enoje su hermano, no me importa. Total, ya dije: ¡ni modo que no tenga novia hasta que entre a la universidad! Porque yo sí quiero ir a la universidad, voy a ser el mejor presidente que haya tenido México, mejor que Juárez.

El lunes que vi a Ivonne a la salida de la escuela me metió a su salón y con un marcador rayamos una silla: “Ivonne y José” decía el letrero. Yo tenía miedo que nos cachara algún maestro, pero ella (que ya va en quinto) me dijo que no me preocupara, que luego ni el intendente se da cuenta.

-Vas a ver, maricón fuerano. Le voy a decir a mi papá- me dijo su hermano cuando íbamos por la calle, llegando a su casa.

Le hubiera contestado pero iba pasando gente en la calle. Mi silencio hizo que él solito se viera como el celoso tonto.

Ivonne me hace feliz entre tanto calor y gente desconocida. Si me voy a andar cambiando de casa no me importa, le voy a pedir su correo, yo no tengo pero voy a abrir uno para comunicarme con ella. No le hace que yo esté en Chihuahua y ella en Yucatán, no pienso dejar así nada más a quien me gusta por culpa de mis papás que ni me preguntan cómo me fue en el día.

Ahora que lo pienso, mejor sí voy a casa de Juan Carlos, a lo mejor su mamá sí cocina rico. No quiero ser nómada por siempre, mejor es que vaya aprendiendo cómo sabe una comida de sedentario.