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jueves, 22 de enero de 2015

CUERPO INGLÉS

Me sentía como un maldito pedazo de estiércol. Pero en realidad no era yo el que juzgaba mi propia persona, eran todas esas ideas absurdas que nos meten en la cabeza toda la vida, toda la infancia y adolescencia. Más aún si tu madre es una fanática religiosa como la mía.

¿Quién nunca se enamoró de su maestra? A estas altura recuerdo cuando le confesé abiertamente a mi madre lo atractiva que me parecía la profesora de quinto grado de primaria. Nunca se lo hubiera dicho. Maltrató mis nalgas con el cable de la plancha, me sentí igual que un Mesías siendo flagelado. Me hizo repetir, además, padres nuestros y aves marías toda la tarde.

Desde entonces no le confío nada, ni siquiera agarrones de mano sudada o mi atracción a tal o cual mujer. A partir de eso también sentía una aberración hacia mí mismo cuando me auto sorprendía viendo el trasero de cualquier dama. Pensaba que mi boca debía ser lavada con ácido muriático u otro químico fuerte.

Me pasó muy a menudo en la secundaria. Me sorprendí viendo las nalgas de Rosario, la de español; el trasero de Oliva, la de biología; las enormes sentaderas de Tania, mi compañera de grupo, que para colmo, se doblaba la falda dejando ver a todos sus carnosos y relucientes muslos; los pechos de Lola eran de locura, recuerdo la cachetada que me sonó cuando fui sorprendido en mi hipnotización mamaria.

Todas esas veces sentía que era mi deber correr a la iglesia o capilla más cercana para confesarme y cumplir la penitencia que el sacerdote me impusiera. Hasta hoy.

Puedo decir que, si bien siempre me han seducido compañeras de mi edad que el colectivo estudiantil, con sus inteligentes estándares, califica como tremendamente bellas (“¡No mames, está bien buena! Yo sí me la cojo”); nunca antes me había sentido tan atraído por una profesora.

Magdalena llegaría a mi vida y a mi salón de prepa para la materia de inglés. Lo primero en deslumbrarme (al igual que a mis compañeros) fue su rostro, tan bello como cualquier Miss Colombiao Miss Venezuela. Eso fue lo primero, habría sido lo segundo de no ser porque su chamarra disimuló lo que más tarde todos descubriríamos, sus enormes delanteras que parecían tener un frío que todos notamos.

No perderé el tiempo contando las reacciones de todos los presentes en la escena, lo que sí era de advertirse fue la lujuriosa y magnífica conjugación que hacía la cintura de Magdalena con sus apetecibles glúteos. Juraría que hasta las viejas querían tirársela.

Magda resultó ser muy buena profesora. Nadie ponía atención en clase, pero el nivel de inglés que alcanzó la mitad varonil del grupo fue asombroso. Todos hacíamos lo posible para resolver de forma perfecta nuestros ejercicios, tareas y exámenes. La mayoría tomaba asesorías en otro lado. El fin era impresionar a la profesora y hacer que se entretuviera calificando el cuaderno junto a tu lugar. Mientras ella examinaba nuestras respuestas, podíamos observar fijamente su cuerpo, con todo el deseo que quisiéramos, hasta sentir que lo tocábamos.

Fue uno de esos días cuando se me ocurrió: si todos hacían bien sus trabajos para mirarla de cerca un instante ¿Qué haría ella si me mostraba lo suficientemente estúpido como para requerir asesorías extra clase?

Funcionó. Ofreció darme clases a mí solito después de las tres de la tarde, la hora en la que tanto profesores como alumnos se ausentan definitivamente de la prepa.

Colocó una silla junto a la suya y me invitó a sentarme. Para beneplácito mío, su falda color beige era de las más cortas que pudiéramos conocerle. Su pierna morena como su rostro me hacía ver estrellas, lightning stars como diría ella. Mi festín visual fue más suculento que el que se pudiera dar cualquier otro fulano de la escuela, y de alguna manera mi remordimiento religioso estaba ausente. Tuve que acomodar mi cuerpo de forma que la calentura de mi entrepierna no se notara. Así estuve una hora completa, sentado con la mochila encima del regazo.

Terminamos la clase y me dio ride de la escuela hasta la avenida principal. En el trayecto miraba la forma en la que sus senos reaccionaban ante tanto bache. Pedí al cielo que el gobierno nunca reparara esa carretera, ni ninguna otra calle mientras ella pudiera darme aventón. Miraba también sus piernas con tremenda obsesión

¿Qué miras? preguntó con una pícara sonrisa. Nada, le dije esquivando su mirada. Estacionó su auto junto a la banqueta, me tomó la barbilla para que volteara a verla y preguntó exactamente lo mismo una vez más mientras me miraba desafiante, alentadora. Sentí su mano en mi muslo mientras mi sangre se concentraba en el pito.

No sabía qué hacer, estábamos a media calle y sus vidrios no eran polarizados, toda la gente podía vernos si así lo quería. No pude hablar y sólo cerré los ojos. Un escalofrío gozoso recorría mi espalda, me sentí caliente como nunca antes. Pude oír un gemido saliendo de mis labios e inmediatamente después un dolor inmenso en las entrañas.

Un apretón de huevos doloroso, peor que cualquier patada sufrida, una presión intensa ejercida por diez dedos. Magdalena me sujetaba con todas sus fuerzas, sus dientes se apretaban por su ira, y yo, para desquitarme y ante la imposibilidad de retirar sus manos de mis testículos,  instintivamente metí my hand entre sus piernas, rápidamente escabullí mis dedos en los adentros de su calzón, mi dedo índice sentía una piel rasurada y mi meñique un líquido desconocido.

A continuación reviví la cachetada de la secundaria. Sólo que ésta sí era en serio, venía de parte de una mujer madura que pegaba con odio tremendo. Me metió dos golpes certeros en el rostro a puño cerrado. Salí del auto observado por la gente, mi meñique tenía sangre, fluido rojo que no emanaba de mi cuerpo y que olí por impulso en vía pública, aroma a hierro, óvulos y leucocitos. No me arrepiento, este olor no lo explican en los libros, en la biblia, ni en ningún otro lugar, mucho menos lo haría mi madre.

Así tuviera que rezar el resto de mis días o sangrar de la cabeza con una corona de espinas, mi aprendizaje lo valdría. Éste es el olor de mi victoria, del sacrificio femenino, es el maldito olor de la vida; the goddam smell of life, como diría Magdalena.



(Imagen tomada del sitio http://www.tualdia.com/belleza/adelgazar-las-caderas.html)

jueves, 4 de diciembre de 2014

PIEL BLANCA

Despertó, sentía un hormigueo en la cara, como si ésta estuviese adormecida después de permanecer estirada por largo tiempo.

Se sintió nueva. Percibía el viento y una ligera brisa sobre su piel blanca. Frente a sus ojos un sitio verde, lleno de árboles frutales que se levantaban sobre una verde e inmensa llanura. Un lago cerca, tendido de lado derecho de este paisaje que divisaba con el horizonte  de forma vertical.

Un olor fresco que le encantaba. Pasó la palma de su mano sobre las hojas de pasto que había alrededor de su cuerpo, sintió su textura irregular, puso la parte interna de su mano cercana a su rostro, frente a esa prominencia debajo de sus ojos, pudo sentir con más intensidad el olor fresco que la maravillaba.

Largo tiempo estuvo ahí recostada, viendo, sintiendo, oyendo el canto de las coloridas aves que pasaban alegres a través del cielo. Estaba sorprendida, se descubría asombrada ante cada una de las formas de vida que distinguía, ante cada colorido elemento.

Recorría con las delicadas yemas de sus dedos la piel que la forraba, se acariciaba con notable delicadeza, gozaba de su cuerpo desnudo tendido en el pasto, sintiéndose libre como cualquier otro animal que podía observar.

Tocaba y sentía su cara cuando de pronto percibió algo que desde el instante de su despertar estaba ahí, un viento débil pero cálido del que hasta ahora cobraba conciencia. Este pequeño aire llegaba a su nuca y, en cierta forma, la reconfortaba.

Movió la cabeza para mirar su cintura, había una pieza forrada con piel más opaca, un pedazo de carne con pequeños hilos negros encima, una materia más gruesa que sus brazos delicados. La acarició y no sintió absolutamente nada que reconociera esa carne como parte de su ser, en cambio pudo notar que aquel extraño cuerpo se enroscó en ella con más fuerza.

Su mano derecha se aventuró a tocar detrás de su nuca. Percibió una forma parecida a la de su rostro, una prominencia justo arriba de un par de líneas carnosas y húmedas. De esa elevación y sus dos pequeños huecos se desprendía ese cálido viento. Algo se movió, un cuerpo entero que había estado pegado a su espalda. Sintió temor y de un salto se puso en pie. Ante la rapidez de su acto ahora se hallaba mareada, confundida, a punto de caer sobre el pasto.

Cuando al fin se controló miró fijamente el cuerpo tendido sobre el pasto, un par de globos brillantes, blancos con un círculo oscuro que apuntaban directamente a ella. De entre los labios se asomaban unas piezas perladas ¿Qué era eso? ¿Qué era ese animal que la miraba? Era un ejemplar tan raro. Tenía pelo en el rostro, en sus mejillas, alrededor de sus labios; poseía dos piernas como ella pero algo en el medio le colgaba: un racimo de carne rodeado de vello rizoso, debajo un pedazo esférico de piel más oscura, la imagen le parecía grotesca.

Miró en su cuerpo la misma zona, sólo reconoció el pelaje negro y rizado en menor cantidad que el otro ser. Notó también que sus propias piernas eran más anchas, voluminosas, y la carne que tenía debajo de su espalda era más abundante que la del ser que la miraba. Además, ese animal que la observaba no poseía aquellos dos montes en el pecho que ella sí tenía.

Una sensación extraña la empezó a invadir por dentro, no lo sabía pero eso que sentía era miedo, un miedo que se acercaba al pavor, le hizo abrir los ojos lo más que podía. Quiso desplazar su cuerpo rápidamente lejos de ahí. Cuando comenzaba a mover sus piernas del ser que la miraba salió un sonido, un grito: ¡EVAH!

A ella no le importó detenerse, el alarido hizo que tuviera ganas de acelerar aún más. Corrió hacia el lago, rápido, sin detenerse ni un segundo, sin mirar detrás de sí. Sentía el pecho agotado pero su temor la hizo minimizar importancia a su malestar, a su cansada respiración.

Cuando al fin llegó a la orilla del lago se asomó al agua; podía ver una imagen bella: un rostro blanco de ojos grandes y cabellera rojiza algo larga. Se maravilló con él, quedó prácticamente hipnotizada, era de las cosas más hermosas que veía desde su despertar, le inspiró calma.

Después de un momento giró su cabeza para mirar el camino que había recorrido. El otro ser ahora parecía diminuto, una criatura pequeña que, sin embargo, se iba agrandando a cada instante. Ella reconoció que ese animal (o lo que sea que fuera) se acercaba. El miedo se apoderaba de ella nuevamente.

Desesperada no encontraba un camino a seguir ¿Y si se atrevía a seguir al bello rostro del agua? Después de todo esa imagen le brindaba tranquilidad. No había mejor opción. Se arrojó al lago sin ningún reparo. Sintió cómo el agua enfriaba su desnudo cuerpo y se filtraba a través de su nariz. Ahora el miedo era superior. Agitó los brazos desesperadamente sin saber por qué. Era imposible salir ahora, el peso de su cuerpo la sumergía cada vez más. Llegó un momento en el que quiso respirar pero al inhalar sólo pudo sentir que su pecho se llenaba de líquido frío por dentro; sus ojos se nublaban, todo se tornó borroso.


Afuera, sobre el prado a orilla del lago, el ser con rostro peludo miraba al cielo lanzando un grito de enojo. Esta mujer era la cuarta que se arrojaba al lago para morir en el jardín del Edén.


(Imagen tomada del sitio http://www.gettyimages.es/detail/foto/underwater-female-nude-fotograf%C3%ADa-de-stock/94473388)